es verdad que no son todas iguales. tampoco nosotros somos todos iguales. al menos hablo por mí.
hace muchos años conocí a alguien por icq. hablar de icq ya es dar una pauta de años. creo que nos gustamos a primera vista. la mina era intelectual, así que tuve que sacar artillería pesada. recurrir a nietzsche, cioran, arlt, cortázar, van gogh, picasso, etcétera. conozco poca gente que se haya aprovechado tanto como yo de lo leído.
ella mencionaba frases y palabras como deconstrucción, dictadura del proletariado y microfísica del poder, yo la escuchaba y le miraba las tetas.
después hablamos de ética. me aseguró que era incapaz de mentir o engañar. gracias a san descartes, otra noche -nunca la primera vez- terminamos revolcándonos en su cama. sonaba luis eduardo aute, alevosía. como no uso reloj, mi vida se mide por la música que escucho o cigarrillos que fumo.
“Mojándolo todo… Volando por universos de licor…”
estábamos ahí, en eso, y a la piba se le ocurre fingir un orgasmo…
alguna vez dije que mi pecado fue haberle dedicado tanto tiempo a las mujeres y tan poco tiempo al mar. es decir, tengo más horas cojiendo que durmiendo -más allá de sufrir de insomnio desde los 13 años-, comiendo o haciendo -me encantan los gerundios- cualquier otra actividad.
así que como no me crié en un frasco de bolitas me di cuenta. sin dejar de taladrarla vino a mi mente aquel viejo chiste machista que dice que las mujeres fingen orgasmos porque piensan que a nosotros, los hombres, nos importa. y casi cedo a la ironía, pero no. dos noches antes, esa mujer me había asegurado que era incapaz de mentir. entonces, la corrí con delicadeza, en ese momento ella estaba arriba, agarré los pantalones, me los puse y salí de la habitación sin dar explicaciones.
quedó desorientada. tardó en venir algunos minutos. apareció desnuda y despeinada, tal cual como la había dejado. me miró fijo a los ojos, y cuando intentó decir algo -juro que fue un impulso- comencé a aplaudirla. hasta grité bravo dos o tres veces. así durante más de quince minutos. ella intentaba hablar y yo aplaudía.
no le quedó otra que llorar. lloró y lloró. y claro, pocas cosas me excitan más que una mujer llorando desnuda. así que la levanté y con firmeza y la tomé primero de los hombros, luego de la cintura, y entré por detrás. no por detrás propiamente dicho… pero se desparramó sobre la mesa parando el culito que dios le había dado y abriendo las piernas. calce profundo. mientras todo esto sucedía le dije al oído:
-pensalo bien la próxima vez que intentes fingir un orgasmo conmigo…
la presión emocional y esa especie de amenaza surgieron efectos, y gritó. también lloró pero de otra manera.
nunca más la volví a ver. no sé si realmente tuvo un orgasmo o simplemente perfeccionó su método.