mirá de lo que vine a acordarme…

habíamos quedado en que pasaba por tu casa. cerraba el bar y tomaba remise. esa madrugada tenías apuro. pero no fue mi culpa que la morocha se quedara sola hasta el cierre, y me pidiera permiso para permaner en el local hasta que llegara su remise que estaba demorado.

esa noche tenías tanto apuro que me llamaste y te llamé varias veces. cerré con llave y, para ganar tiempo comencé a hacer la caja. con el rabillo del ojo miraba a la morocha que nunca acababa su vaso de cerveza.
al principio sospeché una cama. me esperaban afuera para robarme. después me convencí que realmente su remise estaba demorado. así que me dediqué a los números y me olvidé de la mina.

estabas tan ansiosa…

quería ganar tiempo. trabé la caja y fui al fondo a buscar gaseosas y cervezas para cargar las heladeras. fui y vine varias veces apilando los cajones.
en el último viaje noté que la morocha no estaba. habrá ido al baño a desbeber las birras, supuse. dicen los ingleses que la diferencia entre el pis y la cerveza son quince minutos…

me dispuse a cargar la heladera debajo de la barra. terminé dos o tres cajones, no lo recuerdo… lo que sí recuerdo es que cuando levanté la mirada me encontré con un ombligo, un par de tetas y una sonrisa.

me levanté de golpe.
no dijo nada, mantuvo su sonrisa anfitriona y comenzó a bajarme la bragueta.
el reloj de mi paranoia comenzó su vertiginosa carrera: en cuanto le ponga una mano encima aparecen alí baba y los cuarenta ladrones, me rompen el culo a patadas y se llevan la recaudación de un viernes…

la morocha notó que algo fuera de lo común pasaba por mi cabeza, y me preguntó:

-¿qué pasa?
-nada. todo bien. -le respondí.

bajó la mirada y la perdí de vista. comenzó su trabajo. su juego. la verdad es que para esa altura del partido me importaban nada alí baba y sus secuaces… pero con la misma y otrora velocidad de mi paranoia apareció mi memoria. vos me estabas esperando… ansiosa.

a toda velocidad decidí una coartada. llegaría un poco más de lo prometido porque el remise se demoró…

como en una propaganda europea, el chico sacó un profiláctico del bolsillo trasero -en mis épocas de máxima actividad lo llevaba siempre ahí- se lo dio a la chica que gustosa abrió el sobrecito mágico y comenzó a ponerlo en su lugar.

el chico la izó cual bandera, llevándola en bandeja mientras mentalmente buscaba el lugar más oscuro, cómodo y reservado del bar. los sillones eran cómodos pero estaban muy cerca de la vidriera. los baños eran reservados pero poco higiénicos un viernes a las tres de la mañana. la cocina era el lugar…

volaron ropas interiores y exteriores. con el fragor de la situación el celular del chico cayó al piso. ¿a quién le importaba? después… más tarde lo recogería a él también.

error!

con tanta bad milk que el muy maldito cayó de frente y golpeó sobre la tecla de redial…

¿y cuál había sido la última llamada?

vos que esperabas ansiosa.

claro que esto lo supe más tarde… cuando me prohibiste el acceso a tu casa y tu cama de por vida…
podrías haber cortado, pero no. hasta grabaste la llamada… los gemidos, los empujones, las respiraciones abruptas.
perversa. no sólo escuchaste sino que además lo dejaste registrado en tu celular y hasta enviaste el mp3 a mi e-mail.

javier krahe: bajo su blusa

haciendo limpieza de correos encontré tu mensaje con el archivo adosado.
aprovecho el recuerdo, el paso del tiempo y te pregunto: ¿no sabés que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas?