Nos encontrábamos en el viejo ABC de Canning y Córdoba. Cuando Floreal no monopolizaba la conversación con Cortázar y Arlt, Carlos y Osvaldo aprovechaban para discutir de política.

Floreal era cortaziano y maestro de primaria, militante e hijo de militantes del antiguo PC. Carlos era un licenciado en historia desocupado que editaba un folletín trostkista -que yo componía en la pc ad honorem- mientras Osvaldo, vendía libros, a pesar de sus dos Master en Ciencias Políticas. Se enfrentaban en cada cuestión ideológica.
El tibio que vivía de hacer diseño gráfico -especie de artesano pos-moderno-, según ellos, era yo: El anarco y ex-cristiano…
A veces, las cosas se salían de forma. Cuando Carlos acusaba a Osvaldo de ser un “intelectual” y poco práctico, este último hacía gala de los cinco o seis años de edad diferencia y sacaba a relucir su pasado montonero. Entonces contraatacaba acusando a Carlos de mecanicista, lineal y poco dialéctico.
Algunas veces se aliaban. Por ejemplo, si Carlos quería agredir a Osvaldo, quien había estudiado en la Universidad de El Salvador -en su época, la UBA no tenía su carrera- lo comparaba conmigo en cuando a la “formación religiosa”
-Andá a tirar bombas y escondete detrás de las sotanas… -le decía enojado.
Otras veces lo aliaba con Floreal por ser dos “malditos estalinistas”. Floreal y Osvaldo se divertían poniéndose de acuerdo y lo cargaban diciéndole que una tarde de esas contratarían a un jardinero andaluz y se lo mandarían a la casa.
Una tarde la cosa se fue tan de mambo, que casi se van a las manos. Carlos acusó a Osvaldo de “peronista”, y éste último trató a su acusador como “Gorila”.
Así pasábamos horas, cafés y humo…
Sólo se ponían de acuerdo a la hora de volverse contra el ex-cristiano, el burgués. A veces, Floreal se compadecía de mí y les retrucaba, que yo “tenía derecho a ser burgués porque era un artista”… lo decía en serio. Un poco porque yo pintaba, pero sospecho que más que nada, para no entrar en contradicción con las palabras de Cortázar, a quien Floreal tanto admiraba.
A la hora de pagar los cafés, era el burgués quien metía la mano en el bolsillo, porque era el único que vivía de su trabajo.
Mis amigos revolucionarios vivían en sus casitas del barrio alto que sus padres les habían obsequiado y aún más, todavía salían a su auxilio cada fin de mes para tapar los agujeros que la revolución les producía en los bolsillos.
Una tarde que se fueron temprano, aproveché para quedarme algunas horas solo. Después de pensar un largo rato llegué a algunas conclusiones: La mayoría no las recuerdo, aunque hay una que sí, porque esa tarde sucedió algo que me ayudó a comprender empíricamente las palabras de Marx, cuando decía que lo material todo -incluso en el plano ideológico- lo condiciona -en el sentido espinoziano- en última instancia.
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Fue cuando reacordé que tenía un trabajo sin terminar y que debía entregar a primera hora de la mañana siguiente para poder pagar la luz y el gas. De todas maneras no me fui corriendo, esperé un rato más.
-¡Mozo!
-¿La cuenta?
-Otro y la cuenta..
Desde ese día, mi mejor amigo de bares tiene nombre y apellido: se llama Jack Daniels.. Dejé de ir a las reuniones del comité de la revolución…


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