Escrito el 14-10-2007
A pesar de ser del estado y estar a cargo de militares y esposas de, en el colegio donde hice la primaria tenían una extraña costumbre: Nos dejaban sentar en cualquier lado. A medida que llegábamos elegíamos el pupitre. Bueno… elegíamos es un tanto exagerado, porque fueron muy pocas las veces que pude elegir asiento, casi siempre era uno de los últimos en llegar. Ningún incentivo de puntualidad dio resultado conmigo. Prefería estar más tiempo en casa o en la calle que elegir mi trono diario por cinco horas.

Eso cambió en quinto grado cuando la señorita la sentó al lado mío, explicándole que al otro día podría elegir ella misma donde sentarse. Era “la nueva”, pero quiso la suerte que se cumpliera el viejo refrán cristiano de los últimos serán los primeros.
Así fue como me convertí en el impuntual afortunado, especialmente porque al otro día decidió volver a sentarse al lado mío. Así transcurrió la primer semana, y así fue también, como empecé a llegar a horario para elegir ubicación. Hasta nos pusimos de acuerdo en que el primero en llegar de los dos sería el encargado de ocupar ambos asientos.
Nos hicimos amigos pero como las chicas maduran antes que los varones -al menos en aquellas épocas- pasado más o menos un mes, de la manera más incómoda para esa edad me enteré que gustaba de mí, ella misma me lo dijo.
Recuerdo que estábamos en mi cuarto haciendo la tarea y como aun no sabía qué hacer con esa información, todavía pensaba en superhéroes y figuritas, sólo atiné a ponerme colorado y agradecérselo sin dejar de escribir algo en mi cuaderno.
Ella sonrió un poco nerviosa, dio vuelta mi cara hacia sí misma con sus manos y me encajó un beso. Después el silencio.
Nada especial había pasado para mí, hasta que al otro día no quiso sentarse conmigo, y sí lo hizo con otro compañero. Recién entonces reaccioné y le busqué roña al pobre hasta que terminamos a las piñas.
Recuerdo que, conforme a las reglas del colegio, ya no pudimos sentarnos juntos ese día, pero nos miramos, como los párvulos que éramos, toda la tarde. Por primera vez estuvimos juntos durante todos los recreos. En aquella época, a quienes jugaban con las nenas en el colegio, le decíamos maricón.
A partir de ese día fuimos inseparables. Un tarde, en otro recreo, me contó que hizo esa jugada porque se había cansado de ser la nueva que gustaba de mí y que yo no hiciera nada. Mis celos infantiles -siempre lo son- le habían demostrado aquello que esperaba. (Mierda! Cuánto poder de manipulación tienen algunas desde pequeñas!)
Después me di cuenta que fue esa misma tarde, después de las piñas y terminar en la dirección, que la empecé a ver como “mujer” y la verdad es que me resultaba hermosa. Su cabello lacio y negro, su boca prominente se había adelantado a la moda de los colágenos. Se enojaba cuando le decía bocona, y sus pecas… las tenía por todas partes: la frente, la cara, hasta en las manos…y aunque para ella eran vergonzosas, a mí me encantaban.
Pasaron los años, ella continuó el Liceo y se mudó de Palermo a Barrio Norte. Fuimos amigos cariñosos sin vernos todo el tiempo. Ninguno de los dos creía en eso de ser novios. Por mi parte, por el mismo temor que aun mantengo al compromiso. En cuanto a ella, supongo que como nunca había conocido a su padre, y en aquella época, ser hijo de padres separados era karmático. Éramos novios sólo cuando queríamos espantar a quienes se acercaban.
Teníamos quince años cada uno, cuando una noche en una fiesta apareció una rusita de quien no pude ocultar lo mucho que llamó mi atención. La Bocona se puso celosa, furiosa y le dijo que ella era mi novia… Esa noche nos peleamos y no nos vimos más. Como siempre, aparece un tercero aparece y rompe lo establecido. Desapareció por arte de magia. Me puse de novio con la Rusa y la olvidé.
Pasaron algunos años cuando volví a tener noticias de ella. Estaba terminando la colimba cuando llegó a casa de mis viejos una invitación para su casamiento. La que no creía en novios se casaba más joven que nadie. Por resentimiento o celos infantiles, y por sentirme defraudado, no fui.
Una tarde sonó el teléfono de parte de la futura señora queriendo hablar conmigo, su amigo. La atendí por educación pero no tenía ganas de hablar con ella. Ai bien no la extrañaba, el hecho de escucharla reinició cierto agujero en mi pecho. Entendí que su desaparición aun me dolía. Quedamos en vernos porque ella quería que yo formara parte de su despedida de soltera. Tampoco fui… ni tampoco ella volvió a contactarse conmigo. Supe que se iba a vivir a San Juan.
Una tarde, aproximadamente nueve años después, la crucé por la calle. Me saludó como si los años no hubieran pasado. Me besó en los labios, con toda su boca, como lo hacía cuando éramos chicos. Terminamos en un hotel. Puedo asegurar que fue la única infidelidad que cometí estando de novio con otra, y aunque valió la pena, como por aquellas épocas tenía valores un tanto arcaicos, cargué la culpa solito como buen cristiano. Nunca se lo conté a mi futura ex-esposa, jamás se enteró y todos felices.
Nunca más nos vimos hasta un sábado por la mañana cuando trabajaba en una imprenta. Entró con un tipo e hizo como si no me conociera. El hombre me encargó unas tarjetas urgente que pasarían a buscar en una hora. Volvió sola y de nuevo, me avanzó como antaño. Tenía que irse rápido pero me dejó una tarjeta pidiendome que la llame en cualquier momento despues del mediodía hasta poco antes de las 17 hs. Me encajó otro beso y se fue diciéndome: -Ya sé donde encontrarte.
Estaba recién separado, y un poco bajoneado, iba a llamarla pero no me dio tiempo. Llamó a los tres días. Tenía el número de teléfono en la factura, y aprovechó que aun no había entrado a trabajar para pedir un número donde ubicarme. Debe haber sido muy convincente porque no le pasaban el teléfono de nadie a nadie.
Llamó a casa, y por teléfono quedamos en vernos. Esa tarde no fui a trabajar. Continuamos viéndonos cada vez que ella podía durante más de dos semanas. Volvió a desaparecer.
No volví a verla hasta hace unos días. Pasaron más de nueve años desde a última vez. Conserva su pelo lacio pero lo tiñió de rojo, mantiene sus pecas y más. Los años y el sol ayudaron a adornarle la piel.
La encontré en el Bingo de Pilar. Pasé para tomarme uno de los interminables rones que sirven ahí y la vi junto a otras dos mujeres que jugaban a la ruleta electrónica, parecían no poder prestarle atención a nada más.
Esta vez fui yo quien la sorprendió. Me acerqué y la llamé por su sobrenombre: -Hola Bocona…
Apenas me miró asomó su sonrisa más leve pero también más generosa. Las amigas hicieron de cuenta que nada pasaba o nunca me percibieron. Nos intercambiamos teléfonos, o mejor dicho anotó el mío. Nunca bebí el ron pero salí como si hubiese tomado cuatro.
Llamó al otro día y nos encontramos por la tarde. Hablamos y nos reimos como si fuéramos dos pendejos. Recordamos las chiquilinadas que hacíamos. Cuando salíamos a caminar y yo me hacía pasar por ciego en el subte para que nos den el asiento, o cuando espíamos a las parejas gays que caminaban abrazados camino al boliche que había en Pueyrredon y French, a tres puertas de la casa que se mudó cuando estábamos en la secundaria. Me hacía enojar diciéndome que yo era como ellos y después me besaba.
Volvió a decirme que yo era “un putín” y me besó con toda su boca. La besé y terminamos en una cama. Mi cama. Se fue hace unas horas sin dejar ningún rastro. Las esperaban sus tres hijas y su buen marido. No creo que volvamos a vernos, al menos, hasta dentro de diez años.


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