Lo informal en la puesta en escena

Durante las Jornadas Culturales de Nación Apache, hubo una frase de Ricardo Rouvier que resultó ser llave para observar con especial atención la ideologización del campo mediático: “con el videograph la noticia anula toda posibilidad de pensamiento”.

Twitter es una herramienta de intercambio discursivo que brinda al lector el acceso gratuito a distintos campos de expresión; tantos, como actividades humanas o inquietudes existan, en dosis de no más de 140 caracteres por cada intervención. El resultado puede ser asombroso o de una pobreza ilegible. Dicha brevedad pone en evidencia ineptitudes en la redacción como ingenios del retruécano, siendo lo más evidente y generalizado, una revaloración de la oralidad, el graffiti y la consigna, con sus derivaciones y combinaciones ingeniosas. Raro efecto que, por ejemplo, denota la entonación que corresponde a cada sujeto. Esa transmisión es evidente en los que difunden su tono a través de los multimedios. Chávez ya es una marca del campechanismo populista en cómo administra soluciones y tareas a ministros y funcionarios; también posee una cualidad: es un máquina de emitir mensajes políticos, y en ese sentido tiene un megáfono que lo pone por delante de una masa imaginaria a la que da entidad por fuera de toda existencia en lo real. En esto Twitter marca el primer riesgo de la conjugación exhibicionista: el emisor imagina al destinatario, cuestión que con un poco de lectura atenta lo pone al borde del ridículo. Si tomamos la línea de Einstein, imaginar un experimento con el twitter de Hitler desde el día a día de la caída del régimen nazi supone una especie de confesionario lastimoso, de una estrechez mental patética.

Y sin embargo, el humano va al circo web tentado a que su discurso fluya como una pulsión social incontrolable, o trasposición de la “máquina de pensar en sí” que da justificación a las acciones. En el pequeño universo famélico de la difusión, los notables (sin importar su ámbito, reitero, del deporte a la política, del arte a la chismografía irrelevante, y así…) ocupan una situación de privilegio: ellos son leídos por los medios que replican al infinito, subrayan e interpretan. Vale decir: Twitter, al ser intermediado, reproduce a escala el árbol zoológico de cierto poder efímero de trascendencia. Pero, ¿qué ocurre cuando el replicado también agrega una posición de poder tras su discurso? Me refiero a otro tipo de puesta en escena, a cierta invasión de su privacidad en lo privado del lector. Hay un caso interesante, mucho más que el del ministro de relaciones exteriores (que en su panacea de uso furibundo de la herramienta se lo ha bautizado como Twitterman), se trata del Jefe de Gabinete de Ministros: Aníbal Fernández.

La noción que parece asistir es la siguiente: la circulación temática en política se ha convertido en una imposición de agendas variables, en tanto el emisor con poder planta el debate por encima de toda pauta mediática. Es que al hacerse eco, los medios entran en la vorágine del subrayado y de la puesta en escena. En eso hay algo de efecto coral, de tambor selvático comunicando las nuevas de una tribu a otra. Pues algo va de boca en boca, algo más que un mensaje. Y el fenómeno ya es manifestación viral tanto como de la curiosidad o morbo: saber quién es, qué es, cómo funciona ese otro “con poder”. Del momento en que Twitter da por sentado que a cada texto corresponde un emisor, la unicidad del discurso entre otros tantos también implanta varios supuestos: es posible discutir, disentir, compartir ideas. También insultar, ironizar y hasta recurrir a las mayúsculas, símbolos tipográficos que advierten sobre un tono superlativo, ya grito o furia desatada. Fernández tiene una herramienta para abstenerse de la invasión opositora anónima y artera, y es por eso que bloquea usuarios, vale decir, avisa que por más que escriban no los leerá. Con el golpe y la caricia, el ministro de ministros marca una regla tácita de coparticipación de lo escrito: admito fieles e inteligentes, si opositores, que sean relevantes; pues con un pordiosero sin poder el verdadero poder nada intercambia.

La tribuna de doctrina es un espacio vacío e introspectivo de la política argentina. Por caso, el último escenario elevado por encima de la multitud es el abandonado balcón de la casa de gobierno: la convocatoria a una masa imaginaria remite a su último uso catártico y que tuvo como testigo un segundo helicóptero abandonando el techo. La forma de comunicación ha cambiado, y el tono del discurso soberano (la voz de mando) viaja de un punto a otro, como los breves textos que marcan rumbo, sin probarse en la espontaneidad popular. Twitter, en la acción política del ministro, tiene aires de Asamblea Permanente, de debate crítico constante respecto al interés común de la Nación; pero en lo fáctico, en la lectura de su constante emisión, representa un estado recurrente del género televisivo serial en torno a lo justo y que llega como tradición del imperio: el Juicio Oral. Y en los juicios orales la rapidez mental de los representantes de las partes juegan un rol dinámico, competitivo, para obtener un fallo del jurado (hombres comunes puestos a juzgar, obligados por su rol de ciudadanos) más allá de la verdad en toda causa judiciable.

La impresión de máquina textual justiciera que Twitter adquiere en la discursividad del ministro, excede su voluntad tanto como el supuesto “estilo” que ha logrado, plagado de ocurrencias, humor rancio, tribunero, barrial, ácido, al punto que en ciertos momentos parece compartir una charla en un velorio, circunstancia incómoda donde el humano muestra el ingenio para escapar a la angustia por el recordatorio de un ceremonial ineludible (por sus raptos en el uso del lenguaje callejero, el ministro también es “intervenido” más allá de su impermeable tesitura, y le han devuelto el ingenioso mote futbolero como Ánimal F, sin él haber pisado alfombra de reina alguna). Tal vez, todo el conjunto expuesto, hace lugar a la simple reflexión de que el poder es tan efímero como peligroso, y dicha pesadumbre resulta invasiva y hasta honesta en el límite de 140 caracteres. Pero más allá del sujeto, de la voz puesta en juego, escribir breve desde el poder y resonar autónomo, es ser cantante en un tono por encima del rumor. Destacado, el mensaje adquiere la forma de videograph: hace de la substancia “realidad” –gravitando como imagen fuera de campo–, una interpretación que es lápida y a la vez cancela toda lectura otra. Gesto y digesto en una misma cifra.

Con las jergas mediáticas, invasivas del discurrir del sujeto votante (único que importa), tenemos la confrontación en un campo de Marte desertizado de voluntades puras. Sin ser titánico, el tablado de Twitter muestra una faz interesante de la intervención política acaballada en la tecnología: los comunes y el poder comparten la caja de resonancia temporal. Crudo, en tiempo real, en continuidad con la vida de cada persona, el discurso del poder es legible como si de dar vuelta una página se tratara. Material e inmaterial, lo escrito se rescata, ya no como canario que pregunta por qué estás haciendo, sino como la sombra de un ave de rapiña que marca un territorio donde el por qué resulta insuficiente. Y esto también es ilusión, ceremonial, fanfarria: a distancia prudente, ¿de qué se escribe? En una red conformada con sujetos estáticos tras una pantalla que los tiene cautivos, ¿la escritura permite alguna acción real por fuera del significado? ¿Alguien inventó la palabra bomba capaz de atentar contra el orden de las cosas? Entonces llega la trascendencia de una acción sencilla del poder lector: shut down.

3 Comentarios to “Lo informal en la puesta en escena”

  1. Muy bueno Omar, una indagación nunca más oportuna.

    Lo peor, el poder que determina la agenda de la sociedad desde los grandes medios tradicionales invade y acapara una herramienta. Una nueva pérdida sufren las bases desnudas de la sociedad anónima en su flujo desangrante que cede el fluido de su libertad en forma ascendente hacia la cresta de la pirámide que sigue acaparando el control de toda emisión. Los blogs están fracasando en su tarea de armar una agenda alternativa porque recurren desesperados de inspiración a los grandes medios para calmar su sed de contenidos. Inhibidos por la titánica tarea de sostenerse con esfuerzos individuales aislados y amateurs se atomizan en infinitas pulsiones mínimas de actividad, de respiraciones acosadas por la necesidad de sobrevivir. Los mecanismos de dependencia y sumisión a la autoridad del mensaje regente están demasiado enquistados en los emisores que como autores ignotos no pueden superar su complejo de inferioridad frente a lo establecido por las voces autorizadas ni siquiera en un nivel ficcional. El linkeo a medios, la desesperada necesidad de contar con una referencia de alguna voz mediáticamente consagrada, aunque sea en tono de crítica sarcástica, ratifica al poder como monarca productor de la agenda,

    El formato de afirmación desafiante y confrontación mordaz impuesto se infiltra en la red social como la peste, el twitteo es la prolongación de la pelea dialógica mediática que constituye el formato popular por excelencia de entretenimiento audiovisual. El típico enfrentamiento de egos de las vedettes mediáticas, la confrontación sofística de trozos breves de discurso que imponen los programas de archivo, deambulan en estado de juicio oral permanente como señala con precisión quirúrgica el texto de Genovese, hallan la extensión hacia la tensión hiperpolítica, fase inevitable del estado de hipercomunicación. El influjo de esta forma de comunicación alcanza a los diarios que incorporan la ironía descalificadora al adversario cada vez más en la histórica neutralidad explicativa de sus títulos.

    Las consecuencias darwinianas son por un lado el desarrollo de las armas de la combatividad irónica, prevaleciendo los más hábiles en el uso de la breve réplica descalificadora y la agresión ingeniosa revestida de humor siempre baja una platea-jurado permeable al goce de dichas articulaciones con cierta capacidad de asignar valorizaciones a la eficacia que puedan generar un estado de duda equilibrante. Porque si bien es obvio que dichas valoraciones son evanescentes y el triunfo o la derrota política no podrían provenir de la capacidad del ingenio en convencer al enemigo de su error cuando las asignaciones de preferencias en lo político en la sociedad argentina se establecen desde identificaciones viscerales arraigadas en pulsiones humanas profundas —como la avaricia económica, el odio racial, el resentimiento del fracaso, el revanchismo social más salvaje— que son incapaces de cambiarse por una ironía jocosa y afortunada del enemigo, es posible sin embargo sostener dramáticamente la duda que alimentará tal vez a los indecisos, y sostendrá el combate básico del binarismo: que a toda verdad se le puede descubrir una mentira.

    El final de tu artículo es la clave disparadora me parece: el interrogante dramático es que esta modalidad que implica la cancelación del desarrollo de ideas —no ya del debate, instancia ulterior que se ve inalcanzable— determina unos grados intensos de embriaguez social; la paralización de los mecanismos de la acción en tanto la hiperconectividad desvirtúa las distancias relativas entre los desposeídos de toda influencia y los glotones acaparadores de control. La pseudo fraternización que brinda el contacto infinitesimal de la red con las figuras que encarnan el discurso del poder produce la sensación ficticia de cercanía influyente, como los que creen que porque alguna estrella mediática les regala en la vía pública la posibilidad de dirigirles algún regaño ya pertenecen a su círculo de explotados.

    Arrastro estos comentarios a mi blog

  2. En modo alguno quisiera cuestionar los grandes méritos de Rouviere, pero el concepto de esa frase sobre el videograph es de Lipovetzky: “Cuando la imagen tiene predominio….”
    Por lo demás gracias a vos y a él, porque el artículo ayuda mucho (a mí, al menos) a pensar el asunto.

  3. [...] Tino Hargé En Phantom Circus, Omar Genovese disecciona buena parte de la viscosa arquitectura del fenómeno comunicacional [...]

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