La mortaja de un gesto

Debía estar allí, antes de que termine la tarde, en una calle atestada de vehículos estacionados de manera informe, casi al descuido, sin importar la circulación. El olvido de los automovilistas tomaba forma egoísta, tal vez para que sus ausencias tomaran todo el espacio posible, para entorpecer la pretensiones de los otros y hacer más difícil lo que ya parece imposible. La calle no sube ni baja, parece perfecta en su horizontalidad, mientras la gente circula cruzándola en diagonal de una vereda a otra. A nadie importa el tránsito apretado y todo espacio parece casual, un breve orden en tanto desorden. Desconfiado –qué otra cosa puede ser un hombre en tal lentitud expresa- se para en el dintel de la entrada de un edificio bastante antiguo, en cuya puerta de madera, prolijamente cubierta de barniz, alguien cavó una palabra con el filo de un instrumento tenebroso, tal vez manchado aún de sangre. En letras mayúsculas se leía claramente: triste.

Volvió la vista a la calle. Lentamente movía la cabeza de la esquina próxima a la distante, entrecerrando los ojos, buscando que la luz del atardecer iluminara ese rostro conocido, tantas veces estudiado. Sabía –lo había experimentado antes- que la fotografía de una cara no es ese rostro de manera formal: en la vida, las caras se descomponen, amanecen distintas, o un pensamiento las cruza nublando sus rasgos. Pensaba que eso no podía pasarle, confundir o dudar al respecto cuando lo viera. Sabía, también, que la intuición era su fuerte. Al verlo sentiría que era ése y no otro. De alguna forma ejercería la adivinación para actuar en consecuencia. Y en la espera, para mantener la mente aguda, los sentidos preparados, listos para la acción, debía guardar calma. Respiró profundo suspirando lento. Fue una descarga y se sintió liviano, a pesar del calor.

Sacó del bolsillo trasero del pantalón esa foto, desdoblándola repasó cada rasgo, el aire ausente de quien es fotografiado sin saberlo. Ahora, todo dependía del descuido, que no lo percibiera con intención alguna, debía hacerse transparente. Para ello inmovilizó todos sus músculos, sólo el cuello giraba, buscando al azar. ¿Cuánto tiempo estuvo así, cuántas veces repetía el movimiento sin importarle la incomodidad? Pero el detalle personal no tiene relevancia, la cuestión era hacerlo, concretar la pantomima de su prolija atención. Sin notar cuándo, los vehículos estacionados comenzaron a moverse, de manera subrepticia, dejando espacios junto a las veredas, a la vez que el tránsito disminuía y la luz naranja se secaba sobre el empedrado. Había una demora imprevista, pensó que era demasiada, y también se reclamó paciencia, recriminándose, apretando el puño y en él la imagen tardía. Deseaba verlo, saber que estaba próximo, y esa pequeña inquietud, junto con la disminución de la luz, lo hacía dudar de las sombras que ya se intensificaban para confundirlo. El rumor de los motores se hacía espaciado, como gestados en un hueco, al punto que algunos pasos denunciaban al portador del movimiento: aquella mujer zapateaba torpe, caminando con el enceguecimiento de un sol decadente. Temía caerse o trastabillar en una imperfección de la vereda. Es notable, pensó, cómo la gente camina aferrándose al aire sin que éste demuestre sustento alguno. Se trata de un ilusión de seguridad, como tantas cosas que ocurren en la vida.

Instintivo, volvió la cabeza con rapidez, entrecerró los ojos: ahí viene, apuntando el rostro hacia el piso, disimulándose. No le gustó la situación pues cabía la posibilidad de haber sido visto, pero ya era tarde, venía hacia él, sin apuro, haciéndose el descuidado. La nariz era más gruesa a la altura de los ojos y un pómulo lucía un poco deforme. Alguien lo había golpeado con certeza, alguien que sabía hacer daño de manera rápida. Pero era él, no cabían dudas y, además, sentía la presión del conocimiento y el estudio: medía la presencia con los gestos de su acto en ciernes. Ya estaba en etapa de realizar lo que debía, sintiendo cada músculo anticipando el movimiento. No se trataba del factor sorpresa solamente, también había una predicción acertada de la reacción. Nada escaparía a su efectividad. Flotaba su cuerpo al borde del dintel, sin agazaparse, ya estaba preparado. Diez, doce pasos. Ambos entraban en el cono de sombra de un límite a romperse.

Simulando salir del edificio, tomó por el lado abierto de la vereda, dejando la pared como apoyo indispensable. Algo había percibido el caminante y levantó el rostro hacia él, sin mirarlo a los ojos, fijándose en sus pies, repasando el paso apurado que se aproximaba. No hubo destello, sólo el roce de las telas. Ropas ajándose. Sintió la tibieza de un cuerpo sin agitación, sintió la expiración aguda atragantada con un gemido. Percibía que la cuchilla hacía tope en un extremo, por lo que forzó la muñeca con rapidez, a un lado y a otro. Apoyado fuertemente en sus piernas, lo empujó con la mano izquierda, alejándolo con cierto desprecio, cuando escuchó el aire ingresando en la herida, el silbido que dobló el cuerpo hasta hacerlo caer de rodillas. Fue un instante en el que expresó el desprecio por tanta facilidad para su obra. Sin resistencia, hasta con aceptación, doblado sobre el vientre, quedaba inmóvil, boqueando en silencio. Levantó la mirada por encima de la pequeña escena, hacia todos lados giró los hombros y no se sintió mirado. Era el momento de caminar de espaldas al cielo violeta, hacia el río desdibujado en la bruma. Lo hizo de manera natural, sin apuro, hasta llegar a la esquina donde imprevistamente dobló a la derecha, con el tránsito en contra, con transeúntes ajados de cansancio. Sin disminuir el paso se sacó el abrigo de los hombros, buscando apurado dar vuelta las mangas para vestirlo con naturalidad: se había convertido en una silueta azul.

Las plazas públicas no lo entusiasmaban. Todo lo contrario, odiaba a la gente que perdía el tiempo observando un espacio tan ordenado entre plantas deliberadas y pastos dispersos con cierta frivolidad. Caminar por una plaza era riesgoso, por esos pasillos despojados de otros movimientos que no fuera el suyo, se sentía evidente. Por lo que apuró el paso hasta llegar a la baranda de la inmensa esclusa que era una antesala de piedra antes del verdadero río. Tres botes navegaban cadenciosos, buscando la salida, ignorándolo. Como también lo hacían las dos parejas juveniles que creían disfrutar de un viento gélido, cargado de electricidad antes de la noche. Escuchó las sirenas, tal vez apuradas por su obra. Pero siguieron por la avenida, hacia otro lugar más turbio e imprevisto, confirmando el efecto Doppler sin ambición científica. Observó los ventanales de un bar poco iluminado, con mesas adornadas por manteles color lila. Era el momento de descansar, tomar aire, hacer tiempo para regresar con cierta compostura. Con cortesía, pidió a la cajera permiso para utilizar el baño. Comprobó que nadie estuviera en los inodoros, ingresando al reservado más distante. Sacó el arma de su posición entre la cadera y la cintura, separó el mango del filo, deslizándolo en la rendija entre la pared y la mochila enlozada. Envolvió el mango del arma en papel, dejándolo en el depósito de basura junto a las bachas. Se miró al espejo, comprobando que no tuviera la ropa manchada de sangre de manera visible. Pidió un té, sólo eso. Quería sentir la fragancia y el calor de la taza entre las manos. Sabía que el semblante de un ser apaciguado, breve, lo envolvería como una coraza. Se había convertido en alguien conciliado con el descanso, en un ente que podía ser obviado, sin despertar suposiciones ni temor. Ya era un algo armonioso, la imagen aburrida de un hombre contemplando lo que ocurría frente a un ventanal amarillento, mientras las estrellas de unas luminarias artificiosas e inútiles se hacían intensas, verdes.

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