23
feb 11

Trenes Descarrilados


Suelo asociar hechos o noticias emocionalmente desagradables con imágenes de trenes, por lo general descarrilados o colisionados. Supongo que tiene un efecto aliviador, como si el malestar resultara así transferido o instalado en un espacio ingrávido. Recordé la fotografía que ilustra esta nada o poco y nada después de la inmerecida paliza que nos propinara (a los bosteros) Godoy Cruz en la primera fecha del campeonato, hace un par de semanas. En este caso la conexión sentimental, más allá del atractivo genérico de la imagen, y más allá también de la peripecia implícita, es obviamente la combinación de colores de la cabina de la locomotora, pero por lo general suele ser más opaca o azarosa.


Nada arruina tanto la estética de una fotografía de trenes descarrilados como la presencia humana. La presencia humana introduce una situación, acciones, un relato obvio, y antepone al ojo nuestros deseos o pasiones sociables. Es así que los mayores proveedores de escenarios de este tipo son los servicios ferroviarios de India y Pakistán, pero siempre hay demasiada gente alrededor. Dado que el contexto del fotógrafo suele ser la circunstancia periodística, las que cumplen la condición de la ausencia humana son probables productos del azar, aunque obviamente no faltará el profesional que abstrayéndose un par de segundos del desastre busca la perspectiva adecuada, o interviene a ese fin en la situación. Esta de un aparato de Union Pacific es formidable, hasta que resulta un tanto deflacionada cuando se nota la presencia del bombero en el ángulo que forma la cola de la máquina con el vagón empinado sobre la barranca [no sé si es correcto llamar a eso barranca, algo me dice que dado que no se trata de una pendiente natural podría ser incorrecto; y he olvidado el puntilloso diccionario de accidentes geográficos y demás elementos del paisaje campero que hice mientras leía La Casa Verde]. Fíjense detrás del vagón: saliendo del paisaje abstracto diría que al derrumbarse el puente el peso combinado de ambos levanta y arquea las vías a sus espaldas. El paraíso, seguro, está hecho de hierros retorcidos, o es un infinito cementerio de deshechos industriales.


A través o en este otro par (primera, segunda) se puede imaginar lo dicho líneas arriba, la intervención del fotógrafo. En la primera retrata el hecho y, digamos, al hacer la toma “ve” la abstracción estética, y entonces hace correr a los pelmas para sacar la segunda, aunque no se atreva con el policía que vigila en segundo plano arriba del puente. Aún así se convierte en otra cosa. Se percibe todo de un golpe, sin la perspectiva desviada por la presencia de los dos curiosos. El bloque de ejes desprendido, sobre la izquierda, a la postre parece adquirir otro valor, hacerse cargo de los restos de lo humano; como si reuniera o restituyera una frase que de otro modo quedaría dispersa, como un parloteo incoherente (o quizá King Kong pasó por casa y me dejó un poco cojido, con una sobredosis de leche de mono). Esta segunda incluso está mejor enmarcada, surge entera de otras disposiciones.


Pero en fin. Mi gusto por los trenes, descarrilados o no, se limita a los productos de la Gran Industria moderna. No entran los diseños más contemporáneos o de avanzada de trenes de alta velocidad, que más allá del valor aerodinámico se dirían pensados para esconder la cosa bestial de la maquinaria, el hierro, el óxido, la grasa, el olor a combustible, y hasta el peso de la mole. Parecen adornos de oficina. En todo caso el espéctaculo, o mejor sólo la idea, de alguno estampado después de volar por un despeñadero, puede resultar tan agradable como cualquier otro hecho de justicia.


»»»» 1 »
19
feb 11
19
feb 11

Lenin en las estrellas


Camaradas. Acá pueden votar por enterrar o no a Lenin. El comando verde es para mandarlo bajo tierra. El rojo, se queda donde está, en el Mausoleo que le hizo construir el camarada Stalin en la Plaza Roja (valga la redundancia). Hasta ahora, de 317245 votantes (el 317245 fue el mío), el 67,79% quiere que se vaya. O tal vez no es que “quiere que se vaya”. Habrá quien quiera darle cristiana sepultura, o joder a los turistas. Otra posibilidad es la sugerida por los camaradas del Foro Comunista: que enterrando a Lenin la burguesía quiere enterrar la revolución y la esperanza del proletariado mundial. En fin, sólo dios sabe lo que la gente tiene en la cabeza a cada momento. Menos mal que existen los números, y se puede sumar y restar.


»»»» 5 »
15
feb 11

Berlín atonal


Bueno, no puedo garantizarles que serán bonitas. Lo que para un hombre es bello, para otro no lo es. Pero ya me conocen, saben que no suelo hablar a la ligera. Y una cosa puedo y voy a prometerles: serán buenas mujeres. Esfuérzense en ser buenos para ellas. Esfuérzense para tratarlas con paciencia… comprensión… honestidad. Ellas los harán felices. Esfuérzense en hacerlas felices a ellas. Por ustedes mismos, por ellas, y por los hijos que ya llegarán.


Westward the Women (William A. Wellman, 1951) me disparó varios recuerdos. Primero que nada, el programa que Roberto Galán conducía en la televisión, creo que en Canal 9, Yo me quiero casar, ¿y usted? El programa es de los 80 pero el aura de casamentero de Galán, si no estoy mal enterado, vendría desde que presentó al Coronel Perón a la joven Eva Duarte. Yyyooo me quieero casar, ¿yyyyuuusted?, decía mirando a cámara, cuando iba al corte o al momento del cierre, con su característico timbre de voz plano, sin volumen, del que cierra los vocablos en la garganta, sin participación de la recámara bucal. Después de contar cada uno su historia lastimosa hombres y mujeres, la resaca nacional de las aspiraciones matrimoniales, se alineaban enfrentados, y escribían en una tarjeta el nombre del/la participante de su predilección. Cuando se daba una elección cruzada Galán decía: Se ha dado una coincidencia. A la vuelta de la tanda los afortunados ya estaban colocados en un sofá y el conductor los hacía tomar de las manitas, mientras los enteraba de las salidas que ya les tenía planificadas, restaurantes y espectáculos gratarolas obtenidos por canje publicitario; al final del proceso, en caso de acabar gustándose hasta el extremo de querer formalizar, también serían provistos por el mismo sistema de la indumentaria, la fiesta y la llamada luna de miel, consistente en una especie de viaje de recién casados, por ejemplo a Mar de Ajó, Mar del Tuyú, Mar del Plata, o Mar de Algo.


En Westward the Women, después de la selección y las admoniciones y advertencias previas de rigor (dureza del viaje, prohibición de intimar con los vaqueros, gotas de lluvia como cascotes, inutilidad de los tacos y demás acicalamientos, indios, el desierto californiano, etc.), el promotor les presenta las fotos individuales de los colonos desplegadas en una pizarra, para que vayan eligiendo. Ya amontonadas delante de los candidatos la más mujerona o vaqueteada del grupo, Patience, Hope Emerson en la vida real, señala a un fulano de quien dice tiene cara de microbio, y mientras las demás se ríen se guarda la foto (esa misma), que la acompañará durante la travesía.


Mi valle. Tierra generosa. Estos caballos pastan en la mejor tierra del mundo. Trigo, ganado, caballos de doma, hombres, ranchos… lo mejor. Yo pude concebir todo esto. Y te dije que lo vería. Lo llaman el Valle de Whitman. Y aquí está. No fue una locura… lo hice realidad. [...] Pero ¿sabes? me olvidé una cosa. Raíces, para que el sueño se mantenga vivo. Mujeres. Buenas mujeres. Esposas para los hombres, pañales tendidos, y aroma a buena comida saliendo por las chimeneas.


Otra cosa que rememoraba mientras la veía son fotografías de la 2da Guerra Mundial, específicamente las correspondientes al “frente industrial”, de obreras norteamericanas en plena faena o posando sonrientes en astilleros o en las cadenas de montaje del bombardero B-29. O tratándose de rusas, en fábricas de balas y artillería improvisadas en sótanos o edificios derruídos, en pleno frente de batalla. Si uno lo piensa, sorprende que Hitler haya podido ser tan moralista o mojigato, tan pelotudo, como para emperrarse en mantener a las mujeres alemanas afuera del esfuerzo de guerra.


Es habitual en Hollywood que el tema general del relato sea el marco, a veces sólo eso, para tematizar alguno de sus elementos. Así, cuando una reseña dice que tal película “habla sobre” o “reflexiona sobre” demasiado a menudo es literalmente así, cuando todo el artificio está construído sobre una especie de discurso interior. Hay un discurso, una posición retórica que organiza los materiales de manera tal de hacerse rodear, reproducir y repetir por el artificio. La peripecia de Westward the Women es la travesía, en principio bajo la guía de vaqueros curtidos, de una caravana de 140 mujeres, 5000 kms de inclemencias desde Chicago hasta “el Valle de Whitman”, en el contexto ficcional de la colonización de California. El elemento tematizado es la mujer, abrumador en el cine norteamericano, quizás porque la mujer es el objeto en discordia en la ecuación liberal puritana. El contorno del western, la distancia temporal, potencia la abstracción, hace más general lo general.


Como sea, acá el atractivo radica en que esa tematización es además explícita, incluso en el hecho de su perspectiva inocentemente masculina, y en que tiene la forma de un debate y un referente (las mujeres) que al final decidirá desde afuera sobre los juicios en disputa. La voz utópica e idealista, la de los recortes de más arriba, es la de Roy Whitman (John McIntire), mentor y líder del asentamiento de colonos. Su contrapunto realista y a veces cínico, resentido o resignado es el vaquero Buck Wyatt (Robert Taylor; entusiasta botón de la Comisión de Actividades Antiamericanas del Congreso), quien dirige la caravana, contratado para la ocasión. Casi todo el metraje está punteado por pequeños apartes en los que ambos intercambian puntos de vista, y después de su muerte, abatido por los indios, Whitman es reemplazado en ese rol por un misterioso personaje, una especie de gnomo japonés, sentimental y medio bufón, Ito (Henry Nakamura), el cocinero apuntado a la partida. Ito será, a partir de ese momento, una especie de externalización de la conciencia del propio Buck Wyatt, de su diálogo interior.


Son formidables las secuencias del desierto, la fotografía de las mujeres, casi zombificadas, dobladas bajo el sol por el cansancio, arrastrando los pies entre mulas y carretas. De pronto una de ellas cae al suelo víctima de las contracciones del preparto, y entonces es como si el resto volviera a despertar no sólo a la conciencia sino a su ser mujeres. Al propio Buck Wyatt le cuesta al principio entender el revuelo que se arma a sus espaldas, alrededor de la parturienta, como si él también hubiera olvidado la naturaleza del ganado que transportaba. A esa altura es el único hombre que queda en la caravana (Ito es un ente asexuado). El resto de los vaqueros, descontados los muertos, hace rato se desafectaron de la partida, viendo la inflexibilidad de Wyatt a la hora de hacer respetar la prohibición de toda frotación erótica. Llega a encajarle un tiro a un desorbitado por la abstinencia. Para seguir adelante hubo de someter a las mujeres a un riguroso entrenamiento, hasta que aprenden a desempeñar las diversas tareas que hasta ahí realizaban los varones. Manejo de armas y de animales. De dispositivos para hacer circular las carretas por despeñaderos. Resistencia y fuerza bruta para afrontar todo tipo de circunstancias.


El relato hace mucho incapié en esta metamorfosis. Antes de entrar en el desierto se han deshecho de todo lastre y accesorio para alivianar las carretas y a sí mismas. Las resonancias bíblicas son claras. Y también será clave el ritual por el que al final regresarán a su naturaleza mujeril. Llegado el momento, se niegan a entrar al Valle de Whitman, a hacerse presentes a los pretendientes, hasta no haberse acicalado como corresponde. Wyatt les hace de mandadero. Consigue manteles para que confeccionen vestidos. Tumba de un bife a un aldeano poco paciente. A esta altura ha hecho suyo el lirismo de Roy Whitman. Etcétera. Se suele señalar de esta película el protagonismo y la mirada positiva sobre las mujeres, el optimismo sobre sus capacidades, más tratándose de un western. A mi manera de ver es más ambiguo, empezando por el hecho de que si bien las mujeres están ficcionalizadas en el siglo xix la mujer tematizada respira en la posguerra norteamericana, en la época de producción del propio film. El resto de ambigüedad lo pone el que dicha vuelta a la sustancia procede arbitrariamente, por decisión de ellas mismas.


Para finalizar, antes escribí que Wyatt fue inflexible en cuanto a evitar contactos carnales en la caravana. Eso es cierto respecto de los demás, aunque hace una excepción consigo mismo para apretarse a la pulposa Fifi Danon (Denise Darcel), después de haberle dado algunos sopapos y hasta un par latigazos, que habría que contar como contactos sexuales. Fifi es la Coca Sarli de Westward the Women, mezcla de inocencia y sexualidad demoníaca (imposible decir si la carga viene de ella o de la platea masculina), aunque al final se revele domesticable y casadera. Menos mal.


»»»»»
03
feb 11

Al Qur’an Al Karim


cdew. Ayaan Hirsi Ali, de origen somalí, es una activista del Partido Liberal (de centro derecha) de los Países Bajos. Lo más singular o escabroso de su historia personal es que la propia abuela haya supervisado la ablación de clítoris a la que fue sometida de niña (o de joven, no sé). Saco la información del libro de su autoría Yo acuso, Defensa de la emancipación de las mujeres musulmanas, una compilación de ensayos y artículos de prensa alrededor de la temática referida por el título; militancia que en el pasado le ha procurado una banca en el parlamento holandés y no poder moverse sin custodia. Confieso que por lo general esta clase de políticos, que han armado su negocio electoral alertando al 98% de la población del peligro que representa para la comunidad el otro 2%, no me gustan demasiado. Aún cuando en los papeles pueda compartir con ellos algunos desagrados, confío en estrategias indirectas, en la amabilidad impersonal del dinero público y en que el trabajo de zapa de la propia vida “moderna” vaya limando los aspectos más groseros de las religiones y arrinconando el resto en la esfera privada. No creo en la causalidad que iría del libro (el Corán, por decir) a las costumbres o prácticas de un colectivo de fieles, implícita en el estilo crítico que busca en el mismo las claves de Oriente Medio, aunque en el caso del islam hay que reconocer que para Mahoma las personas eran como electrodomésticos, por lo que además de doctrina y relatos les ha dejado instrucciones precisas para toda clase de naderías, sin esquivar truculencias. Otra cosa que hay que reconocer a Ayaan Hirsi Ali (no sé si para bien o para mal) es que se trata del tipo de político que viene de la militancia particularista, de los que suelen esgrimir y priorizar la coherencia argumental de la propia posición al horizonte general de los hombres de estado, curvados por las negociaciones e intereses (por los consensos) más diversos.


En relación con estas “instrucciones” se me ocurre que la mayoría de ellas expresaban la dimensión ideal de una serie de lugares comunes, de relaciones sociales concretas de la época, cierto funcionalismo. Cortar la mano del ladrón, además de un castigo, puede ser una forma de “marcar” o fichar al delincuente en una colectividad dispersa. O las constantes definiciones sobre los deberes recíprocos entre los miembros de la parentela y el clan, que son coherentes con las relaciones tribales que imperaban entre los árabes en el siglo VII. Ahora bien, a medida que las costumbres, que la propia “sociedad” va cambiando y la realidad se deshace por debajo de las fórmulas, el contenido descriptivo desaparece en beneficio del aspecto ideal o normativo, que en la lectura literal va ocupando el espacio vacante del significado; a mayor anacronismo, más se van cerrando las fórmulas sobre sí mismas, como pura negatividad. Pensemos en la prohibición del préstamo a interés. En lo que pasa cuando ya no se trata de la parentela ni de una economía de supervivencia, sino de una petromonarquía que debe reciclar permanentemente los cuantiosos beneficios del oro negro en el sistema financiero internacional. Podemos estar seguros de que el profeta Mohamed no estaba pensando en crear hacia fines del siglo XX empleos muy bien remunerados para los egresados de las escuelas coránicas, como asesores en contabilidad creativa, necesaria para disfrazar las punciones de participaciones en el negocio o camuflarlas en cargas operativas.


Pero volviendo a lo que de verdad nos interesa, el gore, la deformidad, el amor filial, las ablaciones, respecto del anecdotario de Ayaan Hirsi Ali hay que paladear la idea de la abuela supervisando la peripecia. La palabra supervisar es casi tan importante como la palabra abuela. Denota cierta ciencia y protocolo, algo que debe hacerse correctamente desde el punto de vista físico y según las normas rituales, en caso de haberlas. Tambien denota cierta distancia y frialdad. Hay que imaginarse a la abuela impartiendo órdenes a hijas y nueras (a las tías de la víctima), que son las que hacen el trabajo sucio de controlar, aferrar el cuerpo, y hurgar y pasar el filo, y todo lo demás. No sé. Puedo hacerme a la idea del fakir de mi viejo haciéndome achurías, le debe haber pasado por la cabeza unas cuantas veces (y a mí hacérselas a él). Podría soportar tambien, sin consecuencias psicológicas, el que me las hiciera mi madre. ¿Pero la abuela? ¿Las tías? Eso debe ser el horror.


Hay que hacerse a la idea, también, de que el padre de la autora era una eminencia liberal en Somalía, un hombre culto y de medios, que estuvo preso por sus ideas, y que hubo de huir con la familia al exilio en Kenia. Que en lugar de encontrarle un marido después de la primera regla (como recomienda el Corán) permitió que estudiara, libre de otros compromisos. Para eso esperó hasta que la hija cumpliera los veintidós, y le eligió como esposo a un primo que vivía en Canadá. Fue ahí que Ayaan Hirsi Ali, a su vez, decidió exiliarse en los Países Bajos, a salvo de las obligaciones que impone el honor familiar. Etcétera.


swer. Hoy se estrena Winter’s Bone, de Debra Granik, con el título Lazos de Sangre (debe ser la veinteava película que en la argentina se distribuye con ese título). Una muy buena vuelta de tuerca de los relatos sobre la mafia, que yo no hubiera sospechado le quedaban. En este caso se trata de una mafia hundida en la Meseta de Ozark, entre la comunidad de farmers empobrecidos, cuando no miserables, que salpican la región, muchos de los cuales se ganan la vida con cocinas improvisadas de crack, escondidas en los montes, y que han desarrollado una forma gris y desolada de omertà. Una adolescente, a cargo de la madre descerebrada y de dos hermanos pequeños, deberá penetrar sus fronteras invisibles pero densas para encontrar a su padre vivo o muerto, y evitar que le rematen la granja, hipotecada por él como fianza para salir en libertad. Ignoro si el contorno de la ficción es realista, o hasta qué punto. Pero despierta mucho la curiosidad en ese sentido. En fin. Abajo Mubarak, la querida de King Kong (y de Israel).


»»»»»
31
ene 11
Page 4 of 11« First...23456...10...Last »

Copyright © 2012 Satán Ríe
Proudly powered by WordPress, Free WordPress Themes, and Linux Hosting