Bueno, no puedo garantizarles que serán bonitas. Lo que para un hombre es bello, para otro no lo es. Pero ya me conocen, saben que no suelo hablar a la ligera. Y una cosa puedo y voy a prometerles: serán buenas mujeres. Esfuérzense en ser buenos para ellas. Esfuérzense para tratarlas con paciencia… comprensión… honestidad. Ellas los harán felices. Esfuérzense en hacerlas felices a ellas. Por ustedes mismos, por ellas, y por los hijos que ya llegarán.
Westward the Women (William A. Wellman, 1951) me disparó varios recuerdos. Primero que nada, el programa que Roberto Galán conducía en la televisión, creo que en Canal 9, Yo me quiero casar, ¿y usted? El programa es de los 80 pero el aura de casamentero de Galán, si no estoy mal enterado, vendría desde que presentó al Coronel Perón a la joven Eva Duarte. Yyyooo me quieero casar, ¿yyyyuuusted?, decía mirando a cámara, cuando iba al corte o al momento del cierre, con su característico timbre de voz plano, sin volumen, del que cierra los vocablos en la garganta, sin participación de la recámara bucal. Después de contar cada uno su historia lastimosa hombres y mujeres, la resaca nacional de las aspiraciones matrimoniales, se alineaban enfrentados, y escribían en una tarjeta el nombre del/la participante de su predilección. Cuando se daba una elección cruzada Galán decía: Se ha dado una coincidencia. A la vuelta de la tanda los afortunados ya estaban colocados en un sofá y el conductor los hacía tomar de las manitas, mientras los enteraba de las salidas que ya les tenía planificadas, restaurantes y espectáculos gratarolas obtenidos por canje publicitario; al final del proceso, en caso de acabar gustándose hasta el extremo de querer formalizar, también serían provistos por el mismo sistema de la indumentaria, la fiesta y la llamada luna de miel, consistente en una especie de viaje de recién casados, por ejemplo a Mar de Ajó, Mar del Tuyú, Mar del Plata, o Mar de Algo.
En Westward the Women, después de la selección y las admoniciones y advertencias previas de rigor (dureza del viaje, prohibición de intimar con los vaqueros, gotas de lluvia como cascotes, inutilidad de los tacos y demás acicalamientos, indios, el desierto californiano, etc.), el promotor les presenta las fotos individuales de los colonos desplegadas en una pizarra, para que vayan eligiendo. Ya amontonadas delante de los candidatos la más mujerona o vaqueteada del grupo, Patience, Hope Emerson en la vida real, señala a un fulano de quien dice tiene cara de microbio, y mientras las demás se ríen se guarda la foto (esa misma), que la acompañará durante la travesía.
Mi valle. Tierra generosa. Estos caballos pastan en la mejor tierra del mundo. Trigo, ganado, caballos de doma, hombres, ranchos… lo mejor. Yo pude concebir todo esto. Y te dije que lo vería. Lo llaman el Valle de Whitman. Y aquí está. No fue una locura… lo hice realidad. [...] Pero ¿sabes? me olvidé una cosa. Raíces, para que el sueño se mantenga vivo. Mujeres. Buenas mujeres. Esposas para los hombres, pañales tendidos, y aroma a buena comida saliendo por las chimeneas.
Otra cosa que rememoraba mientras la veía son fotografías de la 2da Guerra Mundial, específicamente las correspondientes al “frente industrial”, de obreras norteamericanas en plena faena o posando sonrientes en astilleros o en las cadenas de montaje del bombardero B-29. O tratándose de rusas, en fábricas de balas y artillería improvisadas en sótanos o edificios derruídos, en pleno frente de batalla. Si uno lo piensa, sorprende que Hitler haya podido ser tan moralista o mojigato, tan pelotudo, como para emperrarse en mantener a las mujeres alemanas afuera del esfuerzo de guerra.
Es habitual en Hollywood que el tema general del relato sea el marco, a veces sólo eso, para tematizar alguno de sus elementos. Así, cuando una reseña dice que tal película “habla sobre” o “reflexiona sobre” demasiado a menudo es literalmente así, cuando todo el artificio está construído sobre una especie de discurso interior. Hay un discurso, una posición retórica que organiza los materiales de manera tal de hacerse rodear, reproducir y repetir por el artificio. La peripecia de Westward the Women es la travesía, en principio bajo la guía de vaqueros curtidos, de una caravana de 140 mujeres, 5000 kms de inclemencias desde Chicago hasta “el Valle de Whitman”, en el contexto ficcional de la colonización de California. El elemento tematizado es la mujer, abrumador en el cine norteamericano, quizás porque la mujer es el objeto en discordia en la ecuación liberal puritana. El contorno del western, la distancia temporal, potencia la abstracción, hace más general lo general.
Como sea, acá el atractivo radica en que esa tematización es además explícita, incluso en el hecho de su perspectiva inocentemente masculina, y en que tiene la forma de un debate y un referente (las mujeres) que al final decidirá desde afuera sobre los juicios en disputa. La voz utópica e idealista, la de los recortes de más arriba, es la de Roy Whitman (John McIntire), mentor y líder del asentamiento de colonos. Su contrapunto realista y a veces cínico, resentido o resignado es el vaquero Buck Wyatt (Robert Taylor; entusiasta botón de la Comisión de Actividades Antiamericanas del Congreso), quien dirige la caravana, contratado para la ocasión. Casi todo el metraje está punteado por pequeños apartes en los que ambos intercambian puntos de vista, y después de su muerte, abatido por los indios, Whitman es reemplazado en ese rol por un misterioso personaje, una especie de gnomo japonés, sentimental y medio bufón, Ito (Henry Nakamura), el cocinero apuntado a la partida. Ito será, a partir de ese momento, una especie de externalización de la conciencia del propio Buck Wyatt, de su diálogo interior.
Son formidables las secuencias del desierto, la fotografía de las mujeres, casi zombificadas, dobladas bajo el sol por el cansancio, arrastrando los pies entre mulas y carretas. De pronto una de ellas cae al suelo víctima de las contracciones del preparto, y entonces es como si el resto volviera a despertar no sólo a la conciencia sino a su ser mujeres. Al propio Buck Wyatt le cuesta al principio entender el revuelo que se arma a sus espaldas, alrededor de la parturienta, como si él también hubiera olvidado la naturaleza del ganado que transportaba. A esa altura es el único hombre que queda en la caravana (Ito es un ente asexuado). El resto de los vaqueros, descontados los muertos, hace rato se desafectaron de la partida, viendo la inflexibilidad de Wyatt a la hora de hacer respetar la prohibición de toda frotación erótica. Llega a encajarle un tiro a un desorbitado por la abstinencia. Para seguir adelante hubo de someter a las mujeres a un riguroso entrenamiento, hasta que aprenden a desempeñar las diversas tareas que hasta ahí realizaban los varones. Manejo de armas y de animales. De dispositivos para hacer circular las carretas por despeñaderos. Resistencia y fuerza bruta para afrontar todo tipo de circunstancias.
El relato hace mucho incapié en esta metamorfosis. Antes de entrar en el desierto se han deshecho de todo lastre y accesorio para alivianar las carretas y a sí mismas. Las resonancias bíblicas son claras. Y también será clave el ritual por el que al final regresarán a su naturaleza mujeril. Llegado el momento, se niegan a entrar al Valle de Whitman, a hacerse presentes a los pretendientes, hasta no haberse acicalado como corresponde. Wyatt les hace de mandadero. Consigue manteles para que confeccionen vestidos. Tumba de un bife a un aldeano poco paciente. A esta altura ha hecho suyo el lirismo de Roy Whitman. Etcétera. Se suele señalar de esta película el protagonismo y la mirada positiva sobre las mujeres, el optimismo sobre sus capacidades, más tratándose de un western. A mi manera de ver es más ambiguo, empezando por el hecho de que si bien las mujeres están ficcionalizadas en el siglo xix la mujer tematizada respira en la posguerra norteamericana, en la época de producción del propio film. El resto de ambigüedad lo pone el que dicha vuelta a la sustancia procede arbitrariamente, por decisión de ellas mismas.
Para finalizar, antes escribí que Wyatt fue inflexible en cuanto a evitar contactos carnales en la caravana. Eso es cierto respecto de los demás, aunque hace una excepción consigo mismo para apretarse a la pulposa Fifi Danon (Denise Darcel), después de haberle dado algunos sopapos y hasta un par latigazos, que habría que contar como contactos sexuales. Fifi es la Coca Sarli de Westward the Women, mezcla de inocencia y sexualidad demoníaca (imposible decir si la carga viene de ella o de la platea masculina), aunque al final se revele domesticable y casadera. Menos mal.
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