Al camarada Alan Greenspan las mejores ideas le vienen estando en la bañera (La era de las turbulencias, Ediciones B, pág. 199). Aunque no da mayores precisiones es probable que se refiera a la bañera de su casa, a cierta situación o rutina, y no a cualquier bañera. Es su lugar predilecto para escribir discursos, reflexionar, anotar cosas; el espacio de la calma y las iluminaciones repentinas. Hasta que encontraron una tinta que no se corra con la humedad los asistentes debieron, casi a diario, pasar en limpio esas anotaciones humeantes en caracteres draculeanos. Que haya tinta apta para el uso en tales condiciones ilustra las maravillas del sistema de libre empresa, el matrimonio feliz entre división del trabajo, especialización y expansión del mercado.
En la URSS sólo la gente muy conectada, la crema del partido y el estado, disponía de bañera donde dar rienda suelta a las expansiones del intelecto y la sensibilidad; aún en las ciudades, en los edificios destinados a la gente común, los baños, cuando había alguno en funcionamiento, eran de uso colectivo y carecían de comodidades (cuando el Ejército Rojo entró en Austria, al final de la Segunda Guerra Mundial, el artilugio que más llamaba la atención de los soldados era el inodoro). Incluso en los hogares de la elite muy a menudo debían improvisarse los tapones, de forma casera, con alguna sustancia maleable. Puesto en el brete, en situación tan destartalada, por decir, yo lo fabricaría con pegamento y corcho fragmentado; cualquier ruso, expertos a la fuerza en esta clase de inventiva, lo haría mucho mejor. Una tinta tan excéntrica… sólo en sueños.
Pero estábamos con Greenspan, en la bañera, donde es tan feliz “como Arquímedes cuando contempló el mundo”. Con que ahí se le ocurren las mejores ideas. A modo de ejemplo pone “el concepto de euforia irracional”, que resulta un poco equívoco, o directamente decepcionante. Ante el par ocurrencia e ideas es probable que algunos lectores esperen alguna innovación conceptual y/o de gestión, que no tiene por qué ser nada descollante, pero el fenómeno de la “euforia irracional” es inevitablemente conocido, largamente padecido y tematizado en circunstancias diversas. Keynes, en La Teoría General, alude al mismo plano con una expresión de aire similar, espíritu animal (de los empresarios), en la sección dedicada a la teoría de la inversión. El mismo pedo con distinto olor, se dice en los hogares poco sofisticados. O con el reverb, ahora, de las más recientes investigaciones sobre las expectativas (más o menos racionales, mejor o peor informadas).
Pero es probable que, al menos en este caso, Greenspan se refiera a invenciones retóricas, a latiguillos; que se trate de conceptos en sentido publicitario. Que el autor se esté poniendo el traje de personaje de la cultura de masas, de ahí la intimidad, el aire de confesión o leve impudicia con que se rodea el asunto trayendo a colación la bañera, y las asociaciones del caso. Resulta que llegó a ser una especie de figura pop. Salían remeras con su cara. La gente, en la calle, le agradecía cosas en la que no había tenido nada que ver, como la suba en el valor de sus jubilaciones. En vano explicaba que la Fed y él sólo se encargaban de la adecuada provisión de liquidez al sistema, aunque al final acabara entrando con gusto, con cierta coquetería y falsa modestia, en esa idea que de él se hacía el público. La figura del Presidente del Sistema de la Reserva Federal, otrora discreta y a lo sumo más o menos detestada, acabó siendo el símbolo del éxito económico, de la creciente riqueza de las familias. La televisión llegó a inventar algo así como un indicador para neófitos, que consistía en robar primeros planos de su portafolios cada mañana, o los días de reunión con los gerentes regionales. Si se veía hinchado, rebosante de papeles, era para preocuparse; si flaco, para respirar tranquilos. La gente común, durante sus apariciones en televisión, estaba pendiente de sus palabras, gestos e inflexiones de la voz.
Esa extraña inflación de la figura obedeció, obviamente, a la entrada del público en general, de una amplia clase media, en las complejidades del mundo financiero, de las inversiones en valores de renta variable; por sí mismas, con un alto grado de involucramiento personal en la gestión de la propia rqiueza, o a través de los organismos y agencias especializadas, cada vez más desregulados. Además de médicos y abogados, se volvió corriente la consulta al asesor financiero. Como sea, todo ese mundo, antes circunscripto a hombres de negocios y delegado a expertos diligentes y sigilosos (y, también antes, muy patrullado), entraba en la conciencia y la realidad de una vasta población, que debió inventarse un lenguaje con los retazos y lastres de un código impenetrable, segregado por expertos y caraduras. Esta digresión para decir que euforia irracional, una expresión ilustrativa de ciertas circunstancias pero de factura corriente, soltada de pasada, sólo se convirtió en una invención después de ser filtrada por la Neolengua.
El libro salió a la venta antes del “estallido de la crisis”, la que es probable se haya llevado o cambiado de signo los apegos de que era objeto su figura. La admiración de la gente y el público, más que amor, cariño o reconocimiento, es una especie de libación. En el caso de Greenspan, además, a diferencia de las stars más convencionales, tenía límites utilitarios e irónicos bastante obvios. En fin. Hemos tenido noticias de algunas puestas en escena parlamentarias, con comisiones buscando “responsables” de la crisis; el buchoneo típico de una clase política lavándose las manos, en las que el ex presidente de la Fed, jubilado en 2006, también estuvo respondiendo preguntas acerca de “su ideología”, que por lo visto algunos demócratas y republicanos encontraron de pronto muy alejada o diferente de la suya. Pero hubiera sido interesante un auténtico balance de los acontecimientos por parte del autor, falta que quizá se subsane en futuras ediciones.