24
oct 11

Noticias de ayer



Como informa o da a entender el sitio web de Clarín Elisa Carrió estaría pasando a la clandestinidad. En el lenguaje oblicuo y retorcido del multimedio esto se representa en el corte y la entrada en la grisura. Pero la noticia parece ser que Darth Vader Magnetto empezó a colapsar malamente. Se babea, se caga, les toca el trasero a los guardaespaldas, y ya no sabe sumar o dividir. Fíjense que con el 62% de las mesas escrutadas el candidato Duhalde adelanta apenas en el porcentaje de votos a Alfonsín Jr (pongan un poco de color al hombre), con una mucho menor cantidad de votos totales.


Pero lo importante del día, que no saldrá en los portales de noticias, es el picadito que se armó en los bosques de palermo, con algunos miembros de la infraclase (como diría Alfonsín), fakires, putos retirados, y algún que otro limpiavidrios, y que me ha dejado sendos talones a la miseria… en una palangana con hielo. En fin. Volveré y seré bidones.


20
ago 11

Batalla de Blindados


Al camarada Alan Greenspan las mejores ideas le vienen estando en la bañera (La era de las turbulencias, Ediciones B, pág. 199). Aunque no da mayores precisiones es probable que se refiera a la bañera de su casa, a cierta situación o rutina, y no a cualquier bañera. Es su lugar predilecto para escribir discursos, reflexionar, anotar cosas; el espacio de la calma y las iluminaciones repentinas. Hasta que encontraron una tinta que no se corra con la humedad los asistentes debieron, casi a diario, pasar en limpio esas anotaciones humeantes en caracteres draculeanos. Que haya tinta apta para el uso en tales condiciones ilustra las maravillas del sistema de libre empresa, el matrimonio feliz entre división del trabajo, especialización y expansión del mercado.


En la URSS sólo la gente muy conectada, la crema del partido y el estado, disponía de bañera donde dar rienda suelta a las expansiones del intelecto y la sensibilidad; aún en las ciudades, en los edificios destinados a la gente común, los baños, cuando había alguno en funcionamiento, eran de uso colectivo y carecían de comodidades (cuando el Ejército Rojo entró en Austria, al final de la Segunda Guerra Mundial, el artilugio que más llamaba la atención de los soldados era el inodoro). Incluso en los hogares de la elite muy a menudo debían improvisarse los tapones, de forma casera, con alguna sustancia maleable. Puesto en el brete, en situación tan destartalada, por decir, yo lo fabricaría con pegamento y corcho fragmentado; cualquier ruso, expertos a la fuerza en esta clase de inventiva, lo haría mucho mejor. Una tinta tan excéntrica… sólo en sueños.


Pero estábamos con Greenspan, en la bañera, donde es tan feliz “como Arquímedes cuando contempló el mundo”. Con que ahí se le ocurren las mejores ideas. A modo de ejemplo pone “el concepto de euforia irracional”, que resulta un poco equívoco, o directamente decepcionante. Ante el par ocurrencia e ideas es probable que algunos lectores esperen alguna innovación conceptual y/o de gestión, que no tiene por qué ser nada descollante, pero el fenómeno de la “euforia irracional” es inevitablemente conocido, largamente padecido y tematizado en circunstancias diversas. Keynes, en La Teoría General, alude al mismo plano con una expresión de aire similar, espíritu animal (de los empresarios), en la sección dedicada a la teoría de la inversión. El mismo pedo con distinto olor, se dice en los hogares poco sofisticados. O con el reverb, ahora, de las más recientes investigaciones sobre las expectativas (más o menos racionales, mejor o peor informadas).


Pero es probable que, al menos en este caso, Greenspan se refiera a invenciones retóricas, a latiguillos; que se trate de conceptos en sentido publicitario. Que el autor se esté poniendo el traje de personaje de la cultura de masas, de ahí la intimidad, el aire de confesión o leve impudicia con que se rodea el asunto trayendo a colación la bañera, y las asociaciones del caso. Resulta que llegó a ser una especie de figura pop. Salían remeras con su cara. La gente, en la calle, le agradecía cosas en la que no había tenido nada que ver, como la suba en el valor de sus jubilaciones. En vano explicaba que la Fed y él sólo se encargaban de la adecuada provisión de liquidez al sistema, aunque al final acabara entrando con gusto, con cierta coquetería y falsa modestia, en esa idea que de él se hacía el público. La figura del Presidente del Sistema de la Reserva Federal, otrora discreta y a lo sumo más o menos detestada, acabó siendo el símbolo del éxito económico, de la creciente riqueza de las familias. La televisión llegó a inventar algo así como un indicador para neófitos, que consistía en robar primeros planos de su portafolios cada mañana, o los días de reunión con los gerentes regionales. Si se veía hinchado, rebosante de papeles, era para preocuparse; si flaco, para respirar tranquilos. La gente común, durante sus apariciones en televisión, estaba pendiente de sus palabras, gestos e inflexiones de la voz.


Esa extraña inflación de la figura obedeció, obviamente, a la entrada del público en general, de una amplia clase media, en las complejidades del mundo financiero, de las inversiones en valores de renta variable; por sí mismas, con un alto grado de involucramiento personal en la gestión de la propia rqiueza, o a través de los organismos y agencias especializadas, cada vez más desregulados. Además de médicos y abogados, se volvió corriente la consulta al asesor financiero. Como sea, todo ese mundo, antes circunscripto a hombres de negocios y delegado a expertos diligentes y sigilosos (y, también antes, muy patrullado), entraba en la conciencia y la realidad de una vasta población, que debió inventarse un lenguaje con los retazos y lastres de un código impenetrable, segregado por expertos y caraduras. Esta digresión para decir que euforia irracional, una expresión ilustrativa de ciertas circunstancias pero de factura corriente, soltada de pasada, sólo se convirtió en una invención después de ser filtrada por la Neolengua.


El libro salió a la venta antes del “estallido de la crisis”, la que es probable se haya llevado o cambiado de signo los apegos de que era objeto su figura. La admiración de la gente y el público, más que amor, cariño o reconocimiento, es una especie de libación. En el caso de Greenspan, además, a diferencia de las stars más convencionales, tenía límites utilitarios e irónicos bastante obvios. En fin. Hemos tenido noticias de algunas puestas en escena parlamentarias, con comisiones buscando “responsables” de la crisis; el buchoneo típico de una clase política lavándose las manos, en las que el ex presidente de la Fed, jubilado en 2006, también estuvo respondiendo preguntas acerca de “su ideología”, que por lo visto algunos demócratas y republicanos encontraron de pronto muy alejada o diferente de la suya. Pero hubiera sido interesante un auténtico balance de los acontecimientos por parte del autor, falta que quizá se subsane en futuras ediciones.


06
ago 11

Estambul


(¤). «Durante años me pareció surrealista, divertido y realmente extraño ir en bicicleta por zonas muertas, suburbios desolados o centros urbanos a punto de convertirse en ruinas. Paisajes extraños como estos tienen su atractivo, pero al final dejan un poco de ser novedad, y ahora me siento más atraído por lugares donde puedo andar en bici por senderos de parques públicos que bordean ríos o lagos, en lugar de arcenes de autovías, inhalando gases y arriesgando la vida».


Amén de un par de pesadillas desagradables (hay pesadillas agradables), supongo que producto de la abstención a la nicotina, excelente fin de semana, leyendo Diarios de bicicleta, de David Byrne, y ya que estamos en compañía de sus discos de la etapa solista post Talking Heads. El libro reúne una colección de ensayos sobre ciertos aspectos, a menudo casuales, de un puñado de ciudades, paseadas y vistas desde la perspectiva de un ciclista comprometido, si cabe la expresión. El escritor ha adoptado él mismo, hace más o menos treinta años, la bicicleta como principal medio de transporte, al punto de cargar con una plegable en el equipaje cuando el trabajo lo lleva a otros países. Además aboga por una civilización urbana libre de la centralidad del automóvil, de sus deseconomías, despilfarros y bestialismo ecológico. Y parece cifrar en la figura del ciclista una forma más amable y hospitalaria de construir la ciudad.


Enrico Berlinguer, en La alternativa comunista, denominaba “motorización privada” a los automóviles, y se definía por un plan de transportes que cambiara radicalmente las prioridades de inversión, hacia los medios públicos. Ese cambio, obviamente, implicaba una mayor intervención estatal, ya que anteponía una necesidad social, definida políticamente, a los deseos del público y la demanda. Aunque no les haya ido muy bien hay que extrañar la poética de los comunistas italianos. Lo de “motorización privada” parece una acuñación difícil de superar, y difícil de tragar para los felices automovilistas, semejante desafecto es un insulto. El texto, un programa de gobierno argumentado, o eso parece, es posterior a la llamada crisis del petróleo, la cartelización de los países productores de crudo, y en base a una recepción apocalíptica de la misma plantea una salida superadora guiada por el estado. Releo algunos pasajes donde el tema es tratado, buscando referencias a la bicicleta, y no encuentro. Quizás no falten, aunque la ausencia tiene sentido ya que la bicicleta también sería una forma de “motorización privada”.


Del capítulo que David Byrne dedica a Buenos Aires infiero que sería producto de un viaje de 2006. De su relato en presente la única referencia temporal precisa que detecto es la mención de un partido de fútbol Argentina México para pasar a la fase final del mundial, mientras que el libro fue editado en 2009 (quiero decir, no puede tratarse del Argentina México del mundial de Sudáfrica). El autor menciona las calles casi desiertas cuando abandona con el vocalista de La Portuaria el club donde hacían una prueba de sonido, buscando un lugar para almorzar. Lo que quiero señalar es que en 2006 no había comenzado el trazado y construcción de la red de ciclovías y bicisendas. Se sorprende de que haya tan pocos ciclistas, siendo una ciudad perfecta para moverse por ese medio (clima templado, llana, calles ordenadas en cuadrículas), y de que a algunas personas les parezca el suyo un comportamiento excéntrico, hasta el punto de que fuera reflejado en la prensa, por lo que imagina alguna clase de aversión cultural. Es cierto que llama la atención. Rara vez, incluso, aparece la bicicleta en el constante esparcir de recetarios para la salud y la buena vida. Y Byrne no pudo asistir a la oposición socarrona, en el fondo airada y desencajada, que despertaron las bicisendas. Los automovilistas no quieren saber de sombras sobre la idea de pechar eternamente el asfalto. El único apoyo sustancial de un gobierno en todo lo demás lamentable ha sido su propia conciencia y la de la burocracia correspondiente, frente a la evidencia del colapso del tránsito. El resto del mundo se dedicó a boicotear la iniciativa (empezando por la Policía Federal, cuyo principal cometido consiste en dejar que la ciudad se pudra todo lo posible).


(¤). Tenía cierta noción de que el estado norteamericano había hecho mucho después de la Segunda Guerra Mundial para promover en el mundo el arte abstracto, como el gran aporte americano. En el ensayo que Byrne dedica a la ciudad de Londres me entero que lo mismo ocurrió con el jazz y lo verdaderamente notable es que entre las agencias interesadas o responsables estaba la CIA. En fin, mi imaginación alcanza hasta la creación de instituciones de promoción, subvención de giras, lobbies regulatorios, etcétera, pero el rol que pueda jugar una organización de inteligencia se me escapa. Para el final, un poco de mano dura ejemplar a favor de las bicisendas, un alcalde como dios manda.


07
may 11
19
abr 11

Muertos a vapor


El fin de semana pasado vi los tres episodios de Carlos, de Olivier Assayas, biopic para la televisión sobre el terrorista “Carlos” Ilich Ramírez. Estética y conceptualmente está muy bien, al menos según mis prejuicios. La relación con los ambientes de la juventud izquierdista europea, más o menos diletantes o comprometidos, en los que Carlos se movía como pez en el agua. Una red más o menos informal que podía utilizar para sus fines, recolectar militantes o perderse en ella como en un follaje denso, aunque mucho menos después de mapeados por las policías y servicios europeos. La manera en que rápidamente es captado por los aparatos de inteligencia de los estados de la órbita soviética. La pérdida de referencias en ese universo opaco donde sólo prospera el puterío, aunque sea sangriento. El muerto civil en que se convirtió después del fin del imperio soviético.


El afán de precisión, puntilloso también en la escena y en el parecido físico y modal de los personajes respecto de los modelos reales (comparar, por ejemplo, el Jacques Vergès de L’avocat de la terreur con este de la ficción), se extiende a una serie de guiños documentales. La toma en picado en blanco y negro en la composición de una de las reuniones del terrorista con oficiales de la stasi imita la textura y perspectiva de unas cintas halladas en los archivos de la organización político-policial. En base a estas, además, se ficcionaliza o imagina el punto de vista de la sala de grabación. O las imágenes que, según creo, se pueden incluso ver en youtube, de un cumpleaños de Carlos, bailando en pedo con los amigos, que también son imitadas. Debe haber muchos más que se me escapan.


La recreación de las intervenciones terroristas con las que se asocia la figura de Carlos es formidable, aunque promueve los peros habituales de la ficción documental. En Carlos el terrorista aparece asociado a la ocupación y toma de rehenes de la embajada francesa de La Haya en septiembre de 1974 (y que en 2006 costaría una cadena perpetua a Fusako Shigenobu). Habría estado esperando frente al edificio al comando del Ejército Rojo Japonés, y se marchó del lugar al pasarse la hora pautada. Los japoneses llegaron más tarde. Ahora bien: ¿es esto históricamente cierto? ¿Tuvo Carlos que ver con el evento? Como en toda ficción documental, y esta lo aclara al comienzo de forma explícita, lo desconocido, las zonas oscuras de la biografía del personaje son llenadas con imaginación ficcional, siendo la diferencia invisible o ilegible para el espectador. Aunque a mi me gustan este tipo de historias, siempre me generan la misma especie de inquietud o contrariedad; la eficacia del mecanismo para crear verosimilitud pone a la creencia muy por delante de cualquier capacidad de examen. Lo mismo me pasa con muchos documentales a secas donde se prioriza la innovación o el juego formal, que por más atractivos que resulten, o quizá también por ello, más discutibles se dirían en relación a la honestidad del tráfico de certezas que proponen. Como sea, saliendo de la pequeña digresión, mi preferida es la del intento de golpe relámpago a la aerolínea El Al en el Aeropuerto de Orly, en enero de 1975. El comando detuvo el auto en uno de los estacionamientos del aeropuerto, en un emplazamiento desde donde, aunque a una distancia nada desdeñable, se podían poner a tiro de los aviones que después de cargar a los pasajeros rumbeaban para la pista de despegue, y del que disponían de una vía de escape relativamente rápida. Por el lugar, a pocos metros de una puerta de acceso al edificio, circulaba gente, había vigilantes apostados. Llegado el momento en que un aparato de la flota de bandera israelí se encontraba en ese trámite sacaron del vehículo un lanzacohetes RPG y ejecutaron dos disparos fallidos, uno de los cuales dio de lleno a un avión detenido decenas de metros más allá, a la puerta de los galpones.


Pero aceptando las reglas del género reprocho al relato algunos momentos dramáticos insoportablemente tontos. El peor. Según parece Carlos era bastante parecido a su propio descarnado clisé de macho latino y revolucionario tremebundo. Pero la escena, de la primera parte, en la que en un juego erótico hace lamer una granada a la amante-camarada (cuya lengua se entusiasma particularmente con la espoleta), resulta claramente innecesaria y excesiva. Imposible de olvidar, es un lastre de hilaridad que le queda pegado para todo el metraje; a partir de ahí el personaje será perseguido por la sombra de un Jaimito tercermundista.


19
feb 11

Lenin en las estrellas


Camaradas. Acá pueden votar por enterrar o no a Lenin. El comando verde es para mandarlo bajo tierra. El rojo, se queda donde está, en el Mausoleo que le hizo construir el camarada Stalin en la Plaza Roja (valga la redundancia). Hasta ahora, de 317245 votantes (el 317245 fue el mío), el 67,79% quiere que se vaya. O tal vez no es que “quiere que se vaya”. Habrá quien quiera darle cristiana sepultura, o joder a los turistas. Otra posibilidad es la sugerida por los camaradas del Foro Comunista: que enterrando a Lenin la burguesía quiere enterrar la revolución y la esperanza del proletariado mundial. En fin, sólo dios sabe lo que la gente tiene en la cabeza a cada momento. Menos mal que existen los números, y se puede sumar y restar.



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