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abr 11

Muertos a vapor


El fin de semana pasado vi los tres episodios de Carlos, de Olivier Assayas, biopic para la televisión sobre el terrorista “Carlos” Ilich Ramírez. Estética y conceptualmente está muy bien, al menos según mis prejuicios. La relación con los ambientes de la juventud izquierdista europea, más o menos diletantes o comprometidos, en los que Carlos se movía como pez en el agua. Una red más o menos informal que podía utilizar para sus fines, recolectar militantes o perderse en ella como en un follaje denso, aunque mucho menos después de mapeados por las policías y servicios europeos. La manera en que rápidamente es captado por los aparatos de inteligencia de los estados de la órbita soviética. La pérdida de referencias en ese universo opaco donde sólo prospera el puterío, aunque sea sangriento. El muerto civil en que se convirtió después del fin del imperio soviético.


El afán de precisión, puntilloso también en la escena y en el parecido físico y modal de los personajes respecto de los modelos reales (comparar, por ejemplo, el Jacques Vergès de L’avocat de la terreur con este de la ficción), se extiende a una serie de guiños documentales. La toma en picado en blanco y negro en la composición de una de las reuniones del terrorista con oficiales de la stasi imita la textura y perspectiva de unas cintas halladas en los archivos de la organización político-policial. En base a estas, además, se ficcionaliza o imagina el punto de vista de la sala de grabación. O las imágenes que, según creo, se pueden incluso ver en youtube, de un cumpleaños de Carlos, bailando en pedo con los amigos, que también son imitadas. Debe haber muchos más que se me escapan.


La recreación de las intervenciones terroristas con las que se asocia la figura de Carlos es formidable, aunque promueve los peros habituales de la ficción documental. En Carlos el terrorista aparece asociado a la ocupación y toma de rehenes de la embajada francesa de La Haya en septiembre de 1974 (y que en 2006 costaría una cadena perpetua a Fusako Shigenobu). Habría estado esperando frente al edificio al comando del Ejército Rojo Japonés, y se marchó del lugar al pasarse la hora pautada. Los japoneses llegaron más tarde. Ahora bien: ¿es esto históricamente cierto? ¿Tuvo Carlos que ver con el evento? Como en toda ficción documental, y esta lo aclara al comienzo de forma explícita, lo desconocido, las zonas oscuras de la biografía del personaje son llenadas con imaginación ficcional, siendo la diferencia invisible o ilegible para el espectador. Aunque a mi me gustan este tipo de historias, siempre me generan la misma especie de inquietud o contrariedad; la eficacia del mecanismo para crear verosimilitud pone a la creencia muy por delante de cualquier capacidad de examen. Lo mismo me pasa con muchos documentales a secas donde se prioriza la innovación o el juego formal, que por más atractivos que resulten, o quizá también por ello, más discutibles se dirían en relación a la honestidad del tráfico de certezas que proponen. Como sea, saliendo de la pequeña digresión, mi preferida es la del intento de golpe relámpago a la aerolínea El Al en el Aeropuerto de Orly, en enero de 1975. El comando detuvo el auto en uno de los estacionamientos del aeropuerto, en un emplazamiento desde donde, aunque a una distancia nada desdeñable, se podían poner a tiro de los aviones que después de cargar a los pasajeros rumbeaban para la pista de despegue, y del que disponían de una vía de escape relativamente rápida. Por el lugar, a pocos metros de una puerta de acceso al edificio, circulaba gente, había vigilantes apostados. Llegado el momento en que un aparato de la flota de bandera israelí se encontraba en ese trámite sacaron del vehículo un lanzacohetes RPG y ejecutaron dos disparos fallidos, uno de los cuales dio de lleno a un avión detenido decenas de metros más allá, a la puerta de los galpones.


Pero aceptando las reglas del género reprocho al relato algunos momentos dramáticos insoportablemente tontos. El peor. Según parece Carlos era bastante parecido a su propio descarnado clisé de macho latino y revolucionario tremebundo. Pero la escena, de la primera parte, en la que en un juego erótico hace lamer una granada a la amante-camarada (cuya lengua se entusiasma particularmente con la espoleta), resulta claramente innecesaria y excesiva. Imposible de olvidar, es un lastre de hilaridad que le queda pegado para todo el metraje; a partir de ahí el personaje será perseguido por la sombra de un Jaimito tercermundista.



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