26
sep 10

Hier kommt die Kaltfront


Mein Führer. Entre los paratextos de la edición de Península de El trauma alemán el libro trae en tapa, además de los renglones de rigor, dos colgajos al título, a modo de explicitaciones al lector, tipográficamente diferenciados: “Testimonios cruciales de la ascendencia y caída del nazismo” y “La autobiografía más completa y emotiva contra el Tercer Reich”. El sistema de incongruencias que dispone, con todas esas palabras que parecen alineadas contranatura, en sorda guerra, no deja de resultar bastante justo (lo que se descubrirá con la lectura) y maravilloso. En principio “autobiografía” con “más completa” ya se desangran con ganas y con el cierre de la frase el frankenstein entero se descalabra bellamente. ¿Autobiografía “contra” el Tercer Reich? ¿Testimonios? ¿Emotiva?


Ese juego de precisiones que parecen repelerse se explica por lo poco convencional de la autobiografía, si hasta dan ganas de decir que no lo es. Si al final de la lectura aceptamos la definición es porque así lo quiere Gitta Sereny, la autora, en el prólogo. Creo que con eso es suficiente o casi suficiente. Yo lo había leído muy por arriba y olvidado o pasado por alto esa parte y de vez en cuando me preguntaba ¿qué tiene esto de autobiografía más allá de un par de pasajes y de que, como se dice, “todo lo que se escribe tiene algo de autobiográfico”? El libro es una selección de artículos de investigación periodística, todos ellos relacionados con el Tercer Reich, o con los debates de la memoria respecto del Tercer Reich en Alemania y fuera de ella, a los que Gitta Sereny ha rodeado de explicaciones, descripciones de circunstancias y reflexiones para esta edición, que funcionan como marcos y establecen nexos entre los diferentes capítulos. A diferencia de otras compilaciones de este tipo, sorprende la unidad del resultado. Efectivamente, esos agragados, desmarcados con fechas, han logrado convertir los artículos en capítulos de una misma obra. De hecho, si la autora no lo declaraba no me daba cuenta: de que se traba de artículos etc.. Si además se tiene en cuenta que los mismos se reparten en treinta o cuarenta años de trabajo sorprende la coherencia, la unidad de estilo, de voz y hasta ideológica, en los grandes y en los más menudos sentidos del término. Tanto que resulta sospechoso.


Por último, los artículos / capítulos se iluminan los bordes recíprocamente y muchos temas o tramas a menudo marginales van adquiriendo así densidad. Uno de los más fascinantes quizá sea esa especie de bajo fondo cultural fascista que sobrevive en la posguerra, cuyo corazón estaba en diversas organizaciones más o menos informales que prolongaban los restos del espíritu de cuerpo de las SS tras la debacle y desbandada del Reich de mil años. Es con cierta resignación que defino esa subcultura como fascista o filonazi porque no tengo clara su naturaleza política, al menos en un principio, o que de existir en alguno de sus segmentos sea ella lo que cimentaba el conjunto. Por un lado conformaron una red de apoyo y ayuda mutua para muchos cuadros desplazados que no encontraban un lugar estable en la nueva sociedad. Un mecanismo o circuito de cotizaciones entre funcionarios y ex camaradas mejor colocados. Una masonería de la nostalgia, los buenos viejos tiempos como espíritu común. Y más tarde, con el florecimiento económico, aparecería la oprtunidad de todo tipo de negocios más o menos turbios y lucrativos con las relaciones expandidas que conllevan. Algunos de estos grupos acogerían después en su seno a algunos de los hijos de encumbradas figuras del régimen derrotado, como Gudrun Himmler y Wolf-Rüdiger Hess, que sostenían si no la ideología de sus padres en bloque al menos una lectura positiva del período que los tuvo al frente del estado.


Buena parte de los hilos de esa intrincada red salieron a la luz pública en los años 80, como resultado del escándalo periodístico protagonizado por la revista de izquierda Stern, cuando empezara a publicar unos supuestos diarios de Hitler que poco después se comprobó eran falsificados. En la misma trampa había caído el Sunday Times de Londres, en cuyo proceso de adquisición participó aportando capital a cambio de los derechos. El que acercó el dato de la noticia que se cocinaba en el continente había sido el escritor e historiador negacionista David Irving. Después la propia Gitta Sereny estuvo implicada, comisionada por el director del Sunday para autenticar los documentos. Según su explicación, estaban en eso, con muchas dudas, cuando los alemanes empezaron a publicarlos, y ellos detrás para no perder la exclusiva. Descubierto el fraude, el diario le pidió una investigación para explicar y disculpar al medio de prensa ante el público. En el artículo la autora relata una parte de la trama, con los millones yendo de un lado para el otro en una especie de danza con colador, con toda clase de personajes implicados, desde lúmpenes hasta poderosos burgueses coleccionistas de fetiches hitlerianos dispuestos a grandes desembolsos, un esquema de tráfico internacional y de falsificación de documentos y objetos de todo tipo relacionados con ese pasado.


Correr al diablo. Gitta Sereny, tantos años entregada en cuerpo y alma a cucharear en el Tercer Reich, ha sido acusada de estar obsesionada con el pasado, con “el mal”, etc.. También de estar animada por un fervor de cariz religioso. Pese a que no he leído sus biografías de Franz Stangl y Albert Speer, esa es también mi impresión después de leer este libro (aunque no la acusaría de nada), en el que dedica sendas crónicas a sus entrevistas y relaciones con ambos personajes. Este aspecto de su trabajo me da una especie de contracara naif de Simon Wiesenthal, el cazador de nazis, a quien, efectivamente, sólo el percance biológico ha impedido que siguiera cazándolos por toda la aternidad (y quién sabe, quizá anda en eso). Hasta se puede imaginar una especie de división del trabajo entre ambos. Él los rastrea y hace meter en la cárcel. Después ella va a buscarlos a la jaula munida de una libreta de notas (se le ha reprochado además no grabar las entrevistas). Ella también es una cazadora, lo que busca cazar no es a ellos sino algo en ellos, algo más verdadero que sus actos. Dicho de otra manera, cree que un nazi puede y debe ser explicado, a diferencia de otras especies inmediatamente evidentes o carentes de misterio como ciclistas, rabinos o demócratas liberales. Y que debajo de esa explicación residiría su humanidad, el bello tesoro.


Tal como las describe o escenifica en la crónica, hay algo ridículo, empalagoso y quizá siniestro en esas entrevistas. Desde el vamos, parecen organizadas o encaminadas por un interés redentor. Para crear el clima y el espacio de un “genuino arrepentimiento”. “Así que ahora el exterminio realmente había comenzado: estaba pasando delante de sus ojos. ¿Cómo se sentía?”. Ella siempre busca en un nivel distinto, debajo de las palabras; selecciona en el relato del interlocutor lo que le parecen brechas personales, los momentos de flaqueza, y se zambulle con el culo al aire sobre lo que busca, sobre lo que cree saber; y nos hace cómplices de esa extraña inquietud hasta bastante más allá del buen gusto. Más adelante en el texto el asediado Franz Stangl dice: “Eso es lo que estoy intentando explicar: la única forma de sobrevivir era compartimentar mi mente”. Stangl sigue, pero en ese punto Sereny interrumpe el texto de su cháchara con un “Este fue el momento en que más cerca estuvo de reconocer con palabras su creación de un alter ego”. Pobre Stangl, no había leído a Freud o a quién sea, pero “compartimentar mi mente” no suena muy diferente, y tampoco parece que le haya costado reconocerlo, ya venía ensayando variaciones, y todas más interesantes que cualquiera que incluya al señor alter ego entre los personajes. Pese a que es obvio que el nazi está tratando de justificarse, también está describiendo un proceso de deslizamiento, de sucesivas adaptaciones a través de “compartimentaciones” y aceptaciones que no deja de resultar plausible, desde la anexión de Austria, donde era policía, hasta ser nombrado director de Sobibor y más tarde de Treblinka, aunque al final acabara disfrutando de patear y pisotear cabezas de niños como la mula de Maidanek.


En otra parte Stangl cuenta una anécdota. Ya exiliado en Brasil, estando de viaje (Sereny: “empezó a contar, con el rostro profundamente concentrado, y evidentemente reviviendo aquel momento”) el tren se detuvo en las proximidades de un matadero. El ganado, encerrado en los corrales, se acercó hasta las alambradas a escasos metros de la vía atraído por el ruido del tren. “En aquel momento pensé: Mira esto, me recuerda a Polonia; tienen el mismo aspecto que aquella gente, mirando confiados, justo antes de ser enlatados”. Y Sereny: “Ha dicho enlatados —le interrumpí—. ¿Qué quiere decir con eso? Prosiguió su relato sin escucharme ni responder a mi pregunta”. No estoy seguro qué supone la autora que el entrevistado debía hacer o decir, pero parece dar por hecho que enlatado es un eufemismo significativo, tanto que al final ha de resultar significativo el hecho de que no responda. A mí la analogía con el matadero no me parece una negación o cosa por el estilo, sino una descripción más adecuada que, por ejemplo, decir simplemente matar o asesinar respecto de los campos de exterminio. Parece incluir las connotaciones industriales del asunto al mismo tiempo que cierto autoextrañamiento retrospectivo. Es el amor en Dinamarca.


Albert Speer, en cambio, le da rápidamente lo que busca. Al punto de que la crónica de sus encuentros en Spandau con el ex jefe de industrias y armamentos del Reich se cierra en un tribunal imaginario, con un alegato exculpatorio que sabe a néctar sublime. “Albert Speer no es un mártir. Pero tampoco un farsante. Es un hombre obsesionado que ha luchado durante tres decenios para poder recuperar la moralidad perdida. A menos que rechacemos el potencial de regeneración de todos los hombres, este en concreto creo que ahora merece descansar en paz”.


Lactosas. Si se se puede decir algo a favor de los dirigentes nazis es que hasta el último día fueron dueños de sí mismos, lo que, supongo, puede inferirse de la fría resolución con la que en general encararon el final. El vasto coro de suicidios con que recibieron a las fuerzas aliadas da la impresión de que fuera activado por control remoto, dándole letra y crédito a todas las sectas de centrifugados por el ocultismo y los encuentros cercanos. Acá hay unas fotos del Dr. Lisso, dirigente del partido de Leipzig, y su familia, después de morder la cápsula de cianuro, tal como fueron encontrados por los norteamericanos el 13 de abril de 1945 (una en mejor resolución). Muchos de los que no se dieron rápidamente el viaje fue porque creyeron que tenían algún espacio para negociar, que seguían siendo necesarios, y unos cuantos lo fueron. Los demás entre los notorios, cuando al poco tiempo ya en las cárceles aliadas se dieron cuenta de cómo venía la mano, desataron una especie de contienda metafísica, de una comicidad un tanto grotesca, en la que le disputaban sus muertes a los aliados. Los registros de los reos se hacían con lupa. La vigilancia, la frotación era constante. Un asunto personal para los guardias y toda la organización carcelaria. El jefe del Frente del Trabajo alemán, por ejemplo, se las rebuscó para hacer una cuerda con el hilo metálico del cierre de su campera y se colgó del tanque del inodoro de la celda. Leonardo Conti, ministro de salud del Reich, en cambio, mientras era escoltado aprovechó un pequeño descuido de los guardias y se tiró esposado por el hueco de la escalera.


Menos suerte tuvo Hans Frank, el rey de Polonia; antes de abandonarse a dios y a las autoridades de Nüremberg intentó quitarse la vida varias veces, pero siempre fue frustrado, salvado por los funcionarios, médicos y enfermeros de la prisión. Ya en otro tiempo y circunstancia a su hijo Michael, Michael Frank, le fue bastante mejor, aunque de una manera poco idiosincrática. Según le contara Niklas Frank, el hermano, al periodista Stephan Lebert, Michael había sido uno de esos jóvenes que llaman la atención de todo el mundo por su perfecta belleza. Sólo que en algún momento, de un día para el otro, empezó a tomar leche, a ser poseído por la leche, a bombardearse con leche de una manera desconsiderada. Cada vez más, al final más de diez litros por día. Y a hincharse y criar excrecencias y pequeñas bestias de glucosa. Hasta que el organismo acabó por colapsar, por huir de él, cuando contaba 50 años.


Dios es un astronauta. Agregué en la lista de Descargas Rastros de carmín, de Greil Marcus. Y los petersburgueses Tequilajazzz acaban de disponer en su página la descarga gratuita del ep Krym:9999.


05
sep 10

Chrome


Una de las cosas por las que seguía usando el navegador Mozilla, tan venido a menos en sus recientes ediciones, eran las extensiones. Pero acabo de darme cuenta de que el Chrome también admite, debo ser el último boludo, y además de que dispone de algunas excelentes.


Los que descargamos fotos de vez en cuando nos toca toparnos con páginas que no nos lo permiten. En esa circunstancia la alternativa era hacer una captura de pantalla y recortarla en un pesado editor de fotos. Diez o doce operaciones con sus respectivos lapsos de espera multiplicados por x cantidad de imágenes constituyen una buena cuota extra de pudrición vital, mucho de precioso tiempo que le robamos a dios y a la virgen maría, a la lucha de clases o a nuestra militancia en el pro, si prefieren. Entre las extensiones del Chrome disponemos de Impresionante captura de pantalla: Captura y Anota, nombre descriptivo que parece pedante pero es merecidísimo, ya que nos permite recortar la captura en la propia pantalla antes de hacerla. Sólo Gena Rowlands estuvo más apetecible.


Otra buena sorpresa es el AdThwart, el AdBlock Plus de Firefox para Chrome. Francamente, creía que, viniendo de un ominoso pulpo comercial como Google, este navegador no iba a permitir extensiones, o al menos no extensiones como esta, cuyo fin es eliminar publicidad. Tiene que haber gato encerrado pero como sea pude pispear el site de La Nación sin tener que soportar los pechadores y salvajes cartelones de ofertas.

04
sep 10

Carbono 14


Archivo de una entrevista de Anguita con Robert Castel en Radio Nacional. La traductora es un poco insoportable, del tipo de tranco o memoria corta (va de frase a frase pisando la voz del entrevistado), pero se puede escuchar. Peor es morir en disneylandia, si es que me dejan parafrasear un título de Geno Díaz; ya que debo ser el único salame que leyó cuatro o cinco novelas de él algún uso les tengo que dar. “Sus manos, una sobre la otra, parecían dos nutrias haciendo el amor”. Manos peludas, obviamente. La comparación, además de su lado descriptivo, en el contexto del relato expresa la tirria esencial del subordinado respecto del jefe, el discurso interior con que lo enfrenta en el despacho, al que ha sido llamado. Otra cita de memoria, una frase formalmente similar, también de Moriré en Disneylandia (si no recuerdo mal): “Las luces de neón, apagadas, son como putas sin maquillaje”.


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