06
ago 10Yanka
Empezando por el final digamos que la carrera musical de Yanka (Yana Dyagileva), al menos en su faz pública, no duró mucho más que tres años. Fue hallada muerta a mediados de mayo de 1991, flotando en el río Inya, en las afueras de la ciudad siberiana de Novosibirsk, al cabo de algunos días desaparecida. En Novosibirsk había nacido y crecido y allí encontraba su hogar, a cuyo seno regresaba como a un cálido refugio en ocasión de caídas depresivas o cualquier otro tipo de crisis personal. Tenía 24 años y las circunstancias del deceso, accidente o suicidio, son nebulosas.
Viendo las fotos compiladas y ordenadas por los fans en yanka.lenin.ru se pueden extraer algunas impresiones generales, incluso frívolas, como que parece haber atravesado su vida artística sin prácticamente mudar de pantalones. Unos pantalones, unos jeans reforzados cruzados de costuras, hechos para durar, además, muy feos, de una fealdad que llama la atención por anodina, tratándose de la acicalada cultura rock. En ese sentido en el artículo biográfico que también se puede leer en la página se menciona su despreocupación en relación a su aspecto exterior, un desinterés para nada histriónico, algo que, por lo visto, preocupaba a sus amigos. Algunos llegan a atribuirle un carácter no sexual, señalan que en el trato cotidiano con ella no sentían esa especie de freno, esa necesidad de tacto o contención frente al sexo opuesto. Parece indicar un encogimiento en el trato social, un retraimiento personal bastante extremo en todo lo que tenga (que tenía) que ver con sí misma, que quizá también se pueda ver o sospechar en las fotos.
Otra impresión masiva que deja el álbum es Egor Letov, omnipresente en las correspondientes a los años 1987/88. Letov fue su mentor. Personaje legendario, alma máter de Grazhdanskaya Oborona, se conocieron en Novosibirsk, en un festival de rock. Él la introdujo en el corazón de la escena punk radical de Siberia y durante casi dos años fueron inseparables, aunque las relaciones no resultaran fáciles. Letov, como muchos disidentes, había estado una temporada internado en un Hospital Psiquiátrico, en Omsk, y periódicamente debía presentarse para “revisiones”. En una de ellas, a poco de conocerse, Yanka lo esperaba afuera del consultorio, en el pasillo. El médico le pidió que lo aguardara, que salía un par de minutos y Letov sospechó que lo iban a volver a encerrar, por lo que escaparon quemando del lugar. Pasaron el verano y el otoño de 1987 girando por el territorio soviético, más o menos clandestinos, con Grazhdanskaya Oborona, sin dinero y un poco como crotos, aunque no hay que imaginarse penurias excesivas; en la grisura administrada que era la URSS se podía sobrevivir razonablemente sin dinero, y además él era un personaje conocido en la cultura underground, por lo que podían alternar noches de sueño en autos abandonados con sótanos y desvanes. Yanka da sus primeros conciertos y empiezan a circular grabaciones.
Los discos. El tema de los registros es complicado. Desde el vamos resulta difícil, por ejemplo, hablar de una discografía oficial. El rock podía ser tolerado pero estaba prohibido, por lo que los artistas no tenían acceso a estudios de grabación y empresas de distribución y difusión. No existía ese ensamblaje entre mercado, afectos e instituciones que a nosotros nos parece obvio y que marca y regula “oficialmente” los objetos sociales, y respecto del cual hasta nuestra lengua de referencia funciona en sincro. El deshielo de la perestroika, que abrió esos aparatos a unas cuantas formas de expresión hasta entonces sumergidas, no alcanzó a incluir al underground radical, salvo en sus ondulaciones, digamos, finales, en el margen. Y Yanka no sobrevivió al estado soviético como para organizar algo así como su legado en este plano.
El asunto se hace más enrevesado aún porque Letov era de la idea de siempre grabar y registrar lo más que se pueda. Para él los cassettes eran como octavillas, y con el tiempo se convirtió en un maestro en el arte de manipular para sus fines la tecnología hogareña disponible. Y, obviamente, hizo muchas grabaciones de Yanka, en las que además siguió interviniendo a lo largo del tiempo, aprovechando las posibilidades de los últimos aparatos que caían en su poder. Y también están las tomas en vivo de muchos fans anónimos, a menudo mejores que las hechas a conciencia por la propia Yanka. En fin, hay todo un debate entre los fans en torno a autorías y versiones “oficiales”, reconocidas como tales por la artista, complicado más aún por la relación de ésta con Letov, que antes califiqué de difícil. Letov era un personaje difícil. Un gran músico, de carácter muy mutable, podía ser retorcido y a menudo arrastraba a los demás en su propia oscuridad, para decirlo rápido y pedórreamente. Y su relación con Yanka, mientras duró, si hay que hacer caso de los testimonios, estuvo bastante signada por el dominio en todos los planos, al menos en los “malos” momentos. La mentoría parece haber estado cargada de ambigüedades. Según algunos, por momentos parece haber ido en el sentido de menguarla en sus posibilidades, de relegarla, de obstruir su desarrollo. Como sea. Sin ponernos extremistas o excesivamente dramáticos podemos imaginar las miserias psicológicas habituales en el parque humano, y soltar el tema por inane. Desde mi flaco punto de vista el debate no tiene mucho sentido, salvo para los abogados de los herederos. Por muchas razones, que resumo en dos. La primera es que ni Letov ni después Yanka se adaptaron a la marginalidad institucional de forma resignada, creando una especie de doble pobre y desafiliado de una vida musical institucional, sino desde la ética positiva de los bardos contestatarios rusos. Ahí están también todas esas fotos en estaciones de tren, que no se tratan de puestas en escena. También hay muchas fotos de recitales en casas particulares, llamados Kvartirniks, que eran bastante más que movidas ocasionales, y de donde proceden muchas de estas grabaciones. En esta lógica cuyos perfiles se pueden intuir el registro ocupa un lugar distinto del que nos es habitual, que puede ser importante pero de otra forma, y para nada central en una noción de obra. La otra razón, más simple de enunciar, es que la música de Yanka es una especie de folk rock, un estilo de canción que parece vivir y respirar en un lugar distinto que cualquier encarnación ocasional en sus versiones. No hace mucho escuché un disco hecho por Alina Simone con una selección de sus canciones, producidas desde una estética de baja fidelidad para mi gusto hiper afectada, muy forzada e histriónica, de la que logran salir bastante indemnes.
En yanka.lenin.ru también hay una sección o apartado que reúne unas cuantas de estas grabaciones convertidas a formato mp3. La calidad de sonido de esos archivos es la de los originales, variable desde baja a muy baja. También registros en video. Yo subo Styd i Sram, publicado originalmente en 1991, pero en uno de los siete u ocho discos intervenidos por Letov en 2008, poco antes de morir, ahora en un estudio con todas las de la ley. Ha mejorado sensiblemente el sonido. La edición incluye una larga lista de bonus tracks de reversiones, hasta cuatro de algunos temas, lo que parece respetar el concepto artístico originario y hasta la complejidad de su relación musical, amén de personal, con la autora. El abanico va desde algunas dominadas por el sonido acústico, que más propiamente se suele asociar con Yanka, quizá erróneamente, hasta otras más arregladas donde se reconoce o se suele señalar la mayor presencia de la mano ominosa de Letov.
Para terminar, selecciono dos imágenes. Yanka amaba a los animales, así que una con un gato y en pose acaramelada con Letov. La otra en plena performance pero en una variante ocasional, lo que parece un grupo armado para el día o el momento. El que sostiene el micrófono es Nik Rok-N-Roll, otro personaje del ambiente y buen amigo.