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oct 11Noticias de ayer
Como informa o da a entender el sitio web de Clarín Elisa Carrió estaría pasando a la clandestinidad. En el lenguaje oblicuo y retorcido del multimedio esto se representa en el corte y la entrada en la grisura. Pero la noticia parece ser que Darth Vader Magnetto empezó a colapsar malamente. Se babea, se caga, les toca el trasero a los guardaespaldas, y ya no sabe sumar o dividir. Fíjense que con el 62% de las mesas escrutadas el candidato Duhalde adelanta apenas en el porcentaje de votos a Alfonsín Jr (pongan un poco de color al hombre), con una mucho menor cantidad de votos totales.
Pero lo importante del día, que no saldrá en los portales de noticias, es el picadito que se armó en los bosques de palermo, con algunos miembros de la infraclase (como diría Alfonsín), fakires, putos retirados, y algún que otro limpiavidrios, y que me ha dejado sendos talones a la miseria… en una palangana con hielo. En fin. Volveré y seré bidones.
08
oct 11Love in Galicia
Para Antonio Caño, el blogger más fumable de elpais.com, producir (?) un Steve Jobs hubiera sido imposible en España porque “en España está prohibido construir computadoras en un garaje y nadie le hubiera prestado el dinero que necesitó para su empresa”. Acá el artículo. Nótese la importancia que habría tenido el garage en la creación de la primera Mac. Parece bastante mayor que el financiamiento y, sobre todo, más importante que el propio Jobs o su genio empresario (limitándonos a las variables mencionadas por el autor).
Me hizo acordar a un viejo y tonto cuento de gallegos según el cual había uno de ellos frente al televisor cuando la pantalla anuncia que se va a emitir una película prohibida para menores de 18, por lo que nuestro amigo salió en busca de otros diecisiete gallegos para poder verla. Me lo imagino a Caño y a sus vecinos (para empezar, todos los entusiastas que retwitearon la ocurrencia original) sentados varias horas al día en sus garages, esperando la epifanía; a la entera Galicia montando pymes clandestinas en el espacio que les deja el gordini, entre cajas de revistas apolilladas, bicis oxidadas, soretitos de rata y demás arrumbes.
03
sep 11Helsinski
«En las grandes ciudades argentinas, “el mate se muere, el mate murió”, como diría Bossuet. Hoy por hoy se toma más mate tal vez en París que en Buenos Aires. Sólo que en la capital de Francia se toma sin convicción». Primer párrafo del artículo dedicado al Mate en el libro La Pampa / Costumbres Argentinas, de Alfredo Ebelot, publicado en 1890. Y el siguiente: «El mate se va, y es una lástima. Era el símbolo de la vida a cielo raso [hoy diríamos a cielo abierto, o a la intemperie, o en todo caso no "a cielo raso"], dura, sana y libre, de la vida del desierto en que lo único de que no se carecía era el espacio, de la vida llena de penurias y de atractivos que jamás olvidarán todos cuantos la han probado».
Sorprende la convicción con que anuncia la muerte del mate. El relato y las razones aportadas no me producen el mismo convencimiento, más bien incredulidad, obviando o tratando de obviar, se entiende, nuestra fácil e inmerecida evidencia en contrario. En lo esencial, la explicación que se puede cepillar en el resto del artículo es la que ya está encapsulada en las primeras líneas: el mate se encuentra asociado a una forma de vida en retirada, y las condiciones de la ciudad y la cultura urbana, al contrario, serían repelentes al mismo. Entre ambos planos, a veces estoy de acuerdo cuando la relación entre los hombres y el brebaje es descrita en situación de campaña, mientras que no entiendo por qué dichas propiedades serían superfluas, innecesarias o incompatibles con el contexto urbano. La infusión calienta el cuerpo y las manos en el campo tanto como en la casa. Otras, en cambio, todo me parece un lodazal de absurdo y tontería. Por ejemplo, que en los salones de la ciudad, «ofreciéndose el lujo y el refinamiento por todas partes, estamos propensos a otras costumbres». Aún admitiendo la idea de una Buenos Aires (una Tucumán, una Córdoba…) tan opípara y reventona, exclusivamente compuesta de salones y coquetería, no se entiende por qué la gente no podría o querría prepararse unos mates a la mañana, el día después de velada tan encantadora. O por qué el hecho de su mayor practicidad para acarrear y preparar en el campo, esa misma facilidad relativa lo desmerecería en la ciudad en beneficio del té. Se sospecha que el autor o la época consideran más urbano y sofisticado lo que es sólo más inglés.
O si no, están los elementos de convicción que parecen conllevar que sólo los criados estarían facultados para preparar y/o servir el mate. Por ejemplo, entre los impedimentos urbanos cuenta el que en las casas de ciudad, por cuestiones de espacio, la gente suele tener pocos criados, por lo que ninguno estaría desocupado o haraganeando como para ponerse a preparar la infusión. Otro, que además de más absurdo iría, según el paladar del autor, en sentido contrario: en la campaña «la encargada de cebar mate y de aspirar los primeros sorbos para quitar la amargura y cerciorarse de que la bombilla no está tapada, es una china [chola] vieja, de pocos y mulos [?] dientes, con labios parecidos, por la profusión de pliegues, a un odre viejo», mientras que en la ciudad podría cebarlos «la niña de casa, una muchacha de diez y seis años, de tez ebúrnea, de ojos de gacela, de risa traviesa». En fin. Más allá de esas u otras razones aportadas, atribuídas a sí mismo o a terceros, mi impresión es que para el propio autor son más indicaciones de superficie que verdaderas razones. Su función en todo caso sería sugerir una conexión más íntima del mate a su contexto de campaña, quizá inasible, o respecto de la cual nos deja en ascuas, salvo en el punto de que sería lo suficientemente fuerte como para sobrevivir o desgranarse juntas. Como si, para nosotros, con la certeza respecto de la próxima desaparición de los CPU se diera naturalmente la convicción del definitivo final de los sanguchitos de miga y los anteojos de sol.
Alfredo Ebelot, según cuenta María Sáenz Quesada en la introducción para la reciente (2001) edición de Taurus, fue un ingeniero y escritor francés de largo afincamiento en la Argentina, y a él se le debe buena parte del conocimiento de la pampa y los gauchos de la época, reflejados en una serie de libros. En tanto ingeniero fue contratado varias veces por el ejército para diversos trabajos y estudios en las líneas de frontera. Después del célebre, por lo destructivo, malón de 1875, cuando el ministro Adolfo Alsina se planteó proteger la frontera sur cavando una fosa que debía extenderse desde Carhué hasta Laguna del Monte, se le encargó a Ebelot la dirección de las tareas. De circunstancias como esa procedía la experiencia así como su fácil familiaridad con el ambiente. A la formación de ingeniero se le debería el ojo clínico con que observa el entorno. Pero lo que más me llama la atención del personaje, es esa percepción fechada que posee de las cosas humanas. La conciencia del progreso que va borroneando fragmentos todavía presentes de realidad. Y aclaro por las dudas que, más allá del caso del mate, no siempre se equivoca. Una de las formas en que se expresa en el relato el paso del tiempo es mediante el recurso a la nostalgia. Promediando el capítulo refiere el encuentro, reciente a la redacción, casual, con un viejo compañero de las expediciones contra el indio. El hombre ahora estaba cómodamente establecido, era general, y propietario de un bonito palacete en el barrio de Belgrano. El militar lo invita que vaya a su casa un día de estos, y hasta mencionan el mate, que es el hilo que les devuelve entero el pasado y la complicidad. Escribe: «Al marcharnos, cada uno por su lado, por la vereda, cuajada de gente, de la calle San Martín, deleitaban nuestra imaginación una visión de la pampa, un aroma de menta, un embriagador, un indefinible olor, el olor a espacio. Una palabra había bastado para evocar todo esto». Es el amor en Helsinski.
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ago 1120
ago 11Batalla de Blindados
Al camarada Alan Greenspan las mejores ideas le vienen estando en la bañera (La era de las turbulencias, Ediciones B, pág. 199). Aunque no da mayores precisiones es probable que se refiera a la bañera de su casa, a cierta situación o rutina, y no a cualquier bañera. Es su lugar predilecto para escribir discursos, reflexionar, anotar cosas; el espacio de la calma y las iluminaciones repentinas. Hasta que encontraron una tinta que no se corra con la humedad los asistentes debieron, casi a diario, pasar en limpio esas anotaciones humeantes en caracteres draculeanos. Que haya tinta apta para el uso en tales condiciones ilustra las maravillas del sistema de libre empresa, el matrimonio feliz entre división del trabajo, especialización y expansión del mercado.
En la URSS sólo la gente muy conectada, la crema del partido y el estado, disponía de bañera donde dar rienda suelta a las expansiones del intelecto y la sensibilidad; aún en las ciudades, en los edificios destinados a la gente común, los baños, cuando había alguno en funcionamiento, eran de uso colectivo y carecían de comodidades (cuando el Ejército Rojo entró en Austria, al final de la Segunda Guerra Mundial, el artilugio que más llamaba la atención de los soldados era el inodoro). Incluso en los hogares de la elite muy a menudo debían improvisarse los tapones, de forma casera, con alguna sustancia maleable. Puesto en el brete, en situación tan destartalada, por decir, yo lo fabricaría con pegamento y corcho fragmentado; cualquier ruso, expertos a la fuerza en esta clase de inventiva, lo haría mucho mejor. Una tinta tan excéntrica… sólo en sueños.
Pero estábamos con Greenspan, en la bañera, donde es tan feliz “como Arquímedes cuando contempló el mundo”. Con que ahí se le ocurren las mejores ideas. A modo de ejemplo pone “el concepto de euforia irracional”, que resulta un poco equívoco, o directamente decepcionante. Ante el par ocurrencia e ideas es probable que algunos lectores esperen alguna innovación conceptual y/o de gestión, que no tiene por qué ser nada descollante, pero el fenómeno de la “euforia irracional” es inevitablemente conocido, largamente padecido y tematizado en circunstancias diversas. Keynes, en La Teoría General, alude al mismo plano con una expresión de aire similar, espíritu animal (de los empresarios), en la sección dedicada a la teoría de la inversión. El mismo pedo con distinto olor, se dice en los hogares poco sofisticados. O con el reverb, ahora, de las más recientes investigaciones sobre las expectativas (más o menos racionales, mejor o peor informadas).
Pero es probable que, al menos en este caso, Greenspan se refiera a invenciones retóricas, a latiguillos; que se trate de conceptos en sentido publicitario. Que el autor se esté poniendo el traje de personaje de la cultura de masas, de ahí la intimidad, el aire de confesión o leve impudicia con que se rodea el asunto trayendo a colación la bañera, y las asociaciones del caso. Resulta que llegó a ser una especie de figura pop. Salían remeras con su cara. La gente, en la calle, le agradecía cosas en la que no había tenido nada que ver, como la suba en el valor de sus jubilaciones. En vano explicaba que la Fed y él sólo se encargaban de la adecuada provisión de liquidez al sistema, aunque al final acabara entrando con gusto, con cierta coquetería y falsa modestia, en esa idea que de él se hacía el público. La figura del Presidente del Sistema de la Reserva Federal, otrora discreta y a lo sumo más o menos detestada, acabó siendo el símbolo del éxito económico, de la creciente riqueza de las familias. La televisión llegó a inventar algo así como un indicador para neófitos, que consistía en robar primeros planos de su portafolios cada mañana, o los días de reunión con los gerentes regionales. Si se veía hinchado, rebosante de papeles, era para preocuparse; si flaco, para respirar tranquilos. La gente común, durante sus apariciones en televisión, estaba pendiente de sus palabras, gestos e inflexiones de la voz.
Esa extraña inflación de la figura obedeció, obviamente, a la entrada del público en general, de una amplia clase media, en las complejidades del mundo financiero, de las inversiones en valores de renta variable; por sí mismas, con un alto grado de involucramiento personal en la gestión de la propia rqiueza, o a través de los organismos y agencias especializadas, cada vez más desregulados. Además de médicos y abogados, se volvió corriente la consulta al asesor financiero. Como sea, todo ese mundo, antes circunscripto a hombres de negocios y delegado a expertos diligentes y sigilosos (y, también antes, muy patrullado), entraba en la conciencia y la realidad de una vasta población, que debió inventarse un lenguaje con los retazos y lastres de un código impenetrable, segregado por expertos y caraduras. Esta digresión para decir que euforia irracional, una expresión ilustrativa de ciertas circunstancias pero de factura corriente, soltada de pasada, sólo se convirtió en una invención después de ser filtrada por la Neolengua.
El libro salió a la venta antes del “estallido de la crisis”, la que es probable se haya llevado o cambiado de signo los apegos de que era objeto su figura. La admiración de la gente y el público, más que amor, cariño o reconocimiento, es una especie de libación. En el caso de Greenspan, además, a diferencia de las stars más convencionales, tenía límites utilitarios e irónicos bastante obvios. En fin. Hemos tenido noticias de algunas puestas en escena parlamentarias, con comisiones buscando “responsables” de la crisis; el buchoneo típico de una clase política lavándose las manos, en las que el ex presidente de la Fed, jubilado en 2006, también estuvo respondiendo preguntas acerca de “su ideología”, que por lo visto algunos demócratas y republicanos encontraron de pronto muy alejada o diferente de la suya. Pero hubiera sido interesante un auténtico balance de los acontecimientos por parte del autor, falta que quizá se subsane en futuras ediciones.

